Con claridad puedo ver lo más profundo del mar, jamás había llegado hasta aquí, mis sueños más alocados eran sobre este día, sobre el día que estaría en el fondo del mar.
—Jefe, ¿Nos escucha?.
—Si, los escucho claramente, es genial, podré tomar unas buenas muestras.
—Perfecto, prepararemos el ascenso en 15 minutos, —dijo el capitán del barco.
—Enterado —respondió Héctor.
—No puedo decirle a mi equipo que no entregué las muestras completas. Pero es que… no sé qué pensar, no es posible que una libreta de papel pudiera estar en el fondo del mar y no esté deshecha por el agua, no es posible. Tal vez es un papel especial, será interesante estudiarlo —pensaba Héctor con mucha cautela.
Tiempo después.
—Mira amor, encontré esto en el fondo del mar —dijo Héctor a su esposa.
—No, no otra vez, ya tenemos cientos de cosas que traes de ahí, y ve la casa, está llena de cosas que la verdad ni sentido tienen —respondió Marián con decepción.
—Espera, esta vez es diferente, es algo genial —le dijo Héctor en tono animado.
—Para ti todo es genial, no, no me convencerás, regálalo o a ver que —replicó Marián—. ¿Qué? ¿Esto estaba en el fondo del mar?
—Si ¿No es increíble? —le dijo excitado Héctor a Marián.
—Vaya que sí, ¿Pero cómo es que está en tan buen estado? ¿Estaba en el fondo? —preguntó Marián con admiración.
—Noventa metros de profundidad, la saqué junto con todas las muestras, pero no la entregué —respondió Héctor.
—Es increíble, no puedo creer que este papel no se desahoga con el agua —dijo Marián mientras hojeaba la libreta.
—No, lo extraño es que creí lo mismo, pero la metí un poco al agua después de sacarla y mira, se echó a perder un poco esta esquina, por alguna razón ya no podemos meterla al agua de nuevo —le respondió Héctor.
—Tal vez reaccione así por no ser agua salada —dijo Marián con incredulidad.
—No es por eso, ya lo intenté de todas las formas. Ya no se debe mojar de nuevo —respondió Héctor con cierto descontento.
—Wow, esto si es genial, debe ser una libreta de la Atlántida —dijo Marián con tono burlón.
—Oh, si, ¿Te imaginas? Jajaja —reía Héctor.
—Pero ¿Qué dice, en que idioma viene? Cuéntame —preguntó Marián con premura.
—No la he leído, esperé para hacerlo contigo —respondió Héctor.
—Ay amor, eres el mejor, ven, vamos a ver que dice —dijo Marián al tiempo que tomaba de la mano a Héctor y lo llevaba a la mesa del comedor.
Meses después.
—No, no puedes hacerme esto, no puedes ¿Por qué, dime porque? —gritaba desconsolada Marián.
—Te lo dije Marián, debo saber qué es esto, debo intentarlo —respondió Héctor con desesperación.
—Pero no sabes si es verdad, no sabes lo que pasará, no sabes nada —le decía Marián a su esposo con ira y desesperación.
—Por eso mismo debo ir, debo intentarlo —respondía Héctor con firmeza.
—Es una locura, no puedes dejarme aquí, mírame, mírame cuando te hablo. Veme a los ojos y dime con sinceridad que esa libreta es más importante que yo —dijo Marián a Héctor con lágrimas en los ojos, esperando que se retractara.
—Lo es —respondió Héctor con seriedad y sin mirarla.
Semanas después.
—Maldita sea, maldito pueblo, maldito yo, maldita libreta, aaagh, nooo, maldiciooon… —gritaba Héctor con desesperación mientras cambiaba de hoja en la libreta con ira y angustia.
Años después
—Buen día, la señora Marián Oliver ¿Lo dije bien, Oliver? —dijo el cartero.
—Así es, soy yo, es mi apellido —respondió Marián.
—Me firma aquí por favor —dijo el cartero mientras acercaba una tablilla con una pluma.
—¿Qué es eso mamá? Te llegó un paquete, genial, ¿Qué compraste? —preguntaba la joven Marián de 15 años.
—Yo nada, creí que habías sido tú, hasta que dijo mi apellido de soltera —contestó a madre de Marián a la vez que habría el paquete y se llevaba una gran sorpresa.
—Mamá, mamaaa, ¿Estás bien?, ayudaaa, mamaaa —gritó con desesperación la joven Marián.
Horas mas tarde
—No se preocupe señorita, su mamá estará bien, ya está estable, cuénteme, ¿Qué sucedió? —preguntó el médico.
—Pues nos llegó un paquete, mi mamá lo recibió, pero cuando lo abrió simplemente se desmayó —respondió Marián.
—Fue una descompensación, pero estará bien, sólo debe descansar —respondió el médico mientras le acercaba una receta a la joven.
Más tarde ese día
—Marián, Marián… —dijo la madre con la voz entre cortada y muy débil.
—Dime mamá, ¿Qué pasa? Debes descansar, estás aún muy débil —contestó la joven Marián.
—La libreta… tú papá… —dijo la madre estirando la mano tratando de alcanzar algo.
—¿Qué libreta? ¿Mi… mi papá? —preguntó la joven Marián con sorpresa.
Marían, la madre, se desvaneció de nuevo por el cansancio. Mientras tanto, la joven Marián buscó la libreta en la caja del paquete que recibió su madre.
—¿Qué es todo esto? ¿Qué es esta libreta? ¿Inaniel? Será una conocida de mi mamá, ¿Y este señor será mi papá? Son dos letras diferentes, tal vez dos personas distintas escribieron todo esto, no lo sé, no entiendo. Interesante historia, pero no entiendo —pensaba la joven Marián sosteniendo la libreta entre los brazos.
—Mamá, ¿Qué haces levantada? Debes descansar —le dijo la joven a su madre al verla caminado por la sala.
—¿La leíste no es cierto? —preguntó la madre.
—Sí, pero ¿No entiendo porque esto es tan importante? ¿Fue por la libreta que te desmayaste? —preguntó la hija a su madre.
—Hay cosas que no sabes, que jamás te he contado, y muchos secretos que ahora debes saber —contestó la madre acercándose a su hijo e invitándola a escuchar una historia.
—Sobre tú padre, no todo es verdad, el sí fue un buzo reconocido, trabajó para grandes empresas de investigación, recorrió el mundo desde muy joven descendiendo a lugares increíbles bajo el mar, las fotos que siempre te han gustado si son fotos que tomó tú padre, pero él no murió haciendo lo que más le gustaba, no fue así, en realidad, no sé si siga con vida, no he sabido de él en quince años, no dejó ningún rastro, simplemente desapareció —le dijo Marián a su hija que la miraba sorprendida.
—¿La libreta es de él? —preguntó la hija, molesta.
— No, la libreta la encontró tu padre hace un poco más de quince años en el fondo del mar. Nos sorprendió mucho que jamás se dañara; no le pasó nada al estar expuesta al agua. Fue algo muy extraño. A tu papá le impresionó demasiado; yo realmente no le di mucha importancia. Estaba sorprendida, pero no creí que tu padre se obsesionara tanto. Leímos juntos las notas de la libreta, sobre ese sujeto que busca a su hija y va a una montaña porque le pueden conceder un deseo. Me gustó la historia, pero tu padre creyó que era real, se obsesionó. Regresó a buscar más en esa zona del mar donde encontró la libreta, pasó meses regresando, buceando. Su equipo no entendía cuál era su obsesión, hasta que le cortaron el financiamiento porque no encontraron nada más allá abajo.
Pero tu padre siguió, indagó por mucho tiempo. Al cabo de un año, me dijo que encontró el lugar del que hablaba el libro. Trajo de no sé dónde unas fotografías viejas, recortes del Polo Sur y notas donde se hablaba de la Villa donde se encontraba esa montaña con la estrella en el cielo. Comenzó a hacer maletas, a prepararse para el viaje y me pidió que nos fuéramos; le dije que no.
—¿Se fue? ¿Simplemente se fue y ya? ¿Y te dejó aquí? —preguntó sorprendida la joven Marián.
—Es complicado, tu padre y yo vivimos un sueño ¿Sabes? Los dos éramos jóvenes, a mí me encantaba el espíritu aventurero de tu padre, y yo no era como él, yo siempre fui una mujer de casa, me encantaba esperarlo, aún que se iba algunas semanas siempre que regresaba me contaba sobre sus viajes, era genial, nos divertíamos juntos, porque cuando estaba en casa me dedicaba todo su tiempo. Las cosas nunca fueron perfectas claro, teníamos diferencias, pero todo lo superábamos con mesura. Después de un tiempo le dije que ya no me gustaba que se fuera tanto tiempo, y que me parecía buen momento para tener un hijo.
—Pero mi papá no quiso ¿Verdad? —preguntó con tristeza Marián a su madre.
—Al contrario, se emocionó, se llenó de vida, planeo tantas cosas, pensó en dejar el trabajo de campo y dedicarse a la investigación en una universidad, para así ya no salir y estar conmigo y nuestro hijo, pero las cosas no siempre salen como uno desea, por más que lo intentábamos no podíamos encargar un hijo, los médicos decían que mi problema era irremediable, jamás podría tener un bebé, eso nos rompió el corazón, pero a tu padre lo consumió por dentro, le hizo mucho daño. Gastamos mucho dinero en clínica, fuimos con los mejores médicos y a los mejores centros de investigación, pero era imposible, nos daban la misma respuesta. Tú padre se distanció de mí, trabajaba más y más, ya no se iba por un par de semanas, se iba un mes o más, yo sólo trataba de entenderlo y darle tiempo, y funcionó. Con el tiempo tú padre fue aceptándolo, comenzó a coleccionar cientos de cosas del mar que al parecer lo hacían sobre llevar esa tristeza, mira…—dijo la madre mientras abría una vieja habitación de la casa.
—Wow, ¿Todo esto de donde es? ¿Son cosas de mi papá? De niña siempre me dio miedo este cuarto, porque me decías que estaba lleno de basura y cosas por tirar, que jamás entrara aquí. —preguntó sorprendida la joven.
—Todo esto son cosas que tu papá sacaba del fondo del mar. Algunas eran basura, decía que contribuía a limpiar el mar, y que prefería guardarlas a que fueran arrojadas de nuevo. Otras simplemente cosas que le gustaban. Traer todo esto, de cierto modo, lo ayudaba a olvidar ese dolor que tenía enterrado. Yo lo regañaba por traer tantas cosas, pero siempre permitía que las dejara. Todo cambió de nuevo cuando trajo la libreta. Yo no podía ir con él, no creía en esas historias. Le decía que era solo un cuento, pero él contestaba que la libreta tenía algo especial, que sí había estado en el cielo, que por eso no se arruinó en el fondo del mar, que esa libreta era la respuesta.
Jamás pude hacerlo entender. Se fue. Primero pensé que simplemente se iría un par de semanas como antes. Al mes, creí que ya no tardaría en regresar. Pero así pasaron meses, años. Me siento culpable, mucho, porque debí hacerlo recapacitar. Y después, al mes de su partida, descubrí que estaba embarazada de ti. Pensé que regresaría y me vería embarazada. Yo le diría que nunca tuvo por qué irse y seríamos felices de nuevo, pero pasó el tiempo. Nueve meses después, cada ruido por las noches o en la tarde, cuando creía escuchar algo, corría a la puerta, esperando que fuera él. Sonaba el teléfono y corría de inmediato esperando oír su voz. Viví con esperanza por mucho tiempo. Era como un ser que estaba en automático, no hacía más que correr a la puerta, al teléfono, esperando una carta, algo. Hasta que me di cuenta de que ya habían pasado tres años.
Un día llamaron a la puerta, voltee, corría a la puerta y tú estabas ahí, tan pequeña. Me dijiste —Mamá, ¿por qué siempre corres a la puerta? Fue ahí cuando desperté, desperté de ese sueño tan abrumador. Te había olvidado por completo. Me perdí esos tres años de tu vida, ya caminabas, hablabas, y yo no recuerdo haberte enseñado nada de eso. Perdóname, hija.
—Mamá no digas eso, no fue tu culpa —dijo la joven Marián con lágrimas en los ojos, mientras abrazaba a su madre.
—Desde ese momento te dediqué mi vida entera, nunca te dejé sola, y me decidí a jamás hacerte daño con esta verdad, te conté cuentos e historias de tu padre, te decía mi sirena, como tú padre siempre me decía a mí, que yo era su sirena, que en el fondo del mar las sirenas lo querían convencer para irse con ellas, pero él ya tenía a su sirena en casa.
—jaja —soltó una ligera risa la joven Marián—. ¿Cómo cuando luchó contra un tiburón? O ¿Como cuando compitió en unas carreras contra los peces vela? Me encantaba la historia de cuando ayudó a las tortugas a regresar a casa. Recuerdo bien que para decirme que murió me dijiste que se fue con las sirenas del mar.
—Era la forma que tenía de tapar ese dolor, y de no trasmitírtelo a ti —dijo la madre con una voz ya más tranquila.
—Madre, pues creo que hay algo que debes leer, ahora lo entiendo, mira, esto estaba en la libreta, tiene una letra diferente, es de papá —aseguró la joven Marián mientras acercaba la libreta a su madre.
Sirena mía, mi amada, tengo tanto que contarte. ¿Recuerdas cuando llegaba a casa después de semanas y te contaba toda mi aventura? Hoy es un día como aquellos, regreso por fin a casa, pero no como quisiera, regreso a ti en este diario, en la libreta que tanto debes odiar. No sé cuánto tiempo tarde en llegar esto a ti, pero espero no sea demasiado, compártelo con nuestra hija. Sí, lo sé, yo sé lo de nuestra hija, lo sé porque lo logré, encontré la montaña. ¿Ves? Te dije que sí existía; yo lo sentía en mi corazón. Tardé muchos años en lograrlo, pero aquí el tiempo no pasa, no existe, así que mi deseo debió cumplirse apenas me fui.
Mi más grande amor siempre fuiste tú. Quería verte feliz en todo momento, y sé que nuestro deseo de amor era poder tener una hija. Tú no lo sabes, pero más de una vez pensé en quedarme en el fondo del mar cuando nos dijeron que no podríamos tener un hijo. A veces deseaba tanto ya no subir, quedarme ahí. Ya no quería sufrir; mi vida no tenía ningún sentido hasta que encontré esta libreta. Quería creer tanto en ella, tanto de verdad. Hasta que un día, un marinero me contó una historia de unos ángeles en la tierra, y en ese momento supe que era verdad. Investigué por mucho tiempo hasta que hallé el lugar del que hablaba esta libreta.
No me importó que no me creyeras, ni que me odiaras por irme, porque sabía que lo lograría, pero nunca pensé que tardaría tanto en lograrlo. Pasaron tantos años. Me odié, maldecí todo, a la libreta, a mí. No sabes lo que viví cuando descubrí que el pueblo ya no existía, no eran más que ruinas, como si hubiera pasado una guerra. Me dejé vencer; moriría seguramente, hasta que un granjero que vive en un faro y cultiva rosas me ayudó. Me curó y pasé semanas con él. Fue ahí donde me contó la verdad, lo que había sucedido: el pueblo se destruyó a sí mismo por la ambición, la montaña quedó inaccesible, y ahí descubrí que la historia de la libreta tenía más de cien años. Sufrí de nuevo, más que antes, porque ¿cómo regresaría a ti con las manos vacías?
Hasta que un día, al amanecer, la niebla se dispersó lo suficiente como para alcanzar a ver la estrella en el cielo. Mi deseo fue simple, que sin importar el tiempo que ha pasado, nuestro amor reencarnara en un producto de los dos, y que esto fuera cuando aún me amabas, para darte fuerza y no te rindieras por mi ausencia. Fue un deseo en el tiempo, con el toque de un ángel, que hace todo posible, por eso cuando apenas me fui, ya estabas embarazada. No te preocupes ni pienses en mí, sabes bien el sacrificio de pedir un deseo; tú misma leíste el final de la libreta. Ahora yo descanso en una playa, junto al mar que tanto amé. Me trajeron unas sirenas. Filmora se llama el lugar.
P.d. Si mi hija pregunta por mí, dile que estoy con las sirenas del mar.
Con todo mi amor
Héctor