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Ya no quiero verte nunca más

    Lo último que dijo fue: Ya no quiero verte nunca más. Ya había escuchado algo parecido hace algunos años, pero esta vez todo era diferente. La mirada de Rebeca era profunda, con los ojos cargados de lágrimas que se resistían a caer. Evitaba parpadear para que las lágrimas no saltaran de sus párpados; no quería mostrar sentimiento alguno, solo convicción, fuerza en sus palabras, una decisión que jamás había alcanzado. Pero esta vez era diferente; entendía que era lo mejor para ella, aunque no para mí. No era amor, más bien se traducía en decepción y un poco de esperanza. 
    Mientras me miraba, cerraba los puños con fuerza. En sus antebrazos podía ver el esfuerzo que sus delgados brazos hacían por mantener cerrados con fuerza los dedos. Sus jóvenes músculos saltaban de la piel; su delgadez permitía ver sus venas cargadas de sangre. Repitió con más fuerza, pero con una voz sollozante y entrecortada, y la última palabra de la frase no pudo ser completada porque la garganta se cerró de golpe por esa sensación de cosquilleo que da en la nariz cuando se está a punto de llorar No quiero verte nunca más.
    Los brazos le temblaban por la fuerza contenida en ese cerrar de puños que enterraba sus uñas en la palma de la mano, y su cuello se mantenía firme, con la quijada cerrada con fuerza. Los dientes se presionaban entre ellos, lo que hacía que mucha sangre llegara a su cabeza, y en instantes tomó un tono rojizo. Fue entonces cuando ya no pudo más, y una lágrima cayó, bajó por su mejilla, viajó hasta la comisura de sus labios y ahí se perdió. Una sola lágrima, y en un instante, de la nada, le llegaron escalofríos. Los pequeños vellos de sus antebrazos se levantaron, soltó sus manos, dejó de cerrar los dedos y descansó la tensión de sus brazos. Con una voz apacible, agachó la mirada y me dijo ―Te amo con todo mi corazón.
    Me acerqué lentamente, la tomé de los hombros y las lágrimas de sus ojos comenzaron a caer. La acerqué a mi pecho y la abracé. Ahí lloró por un par de minutos, con los brazos caídos, sin decir ni una sola palabra. No me correspondió el abrazo; solo se quedó ahí, y percibía el aroma de su cabello que me llegaba justo en la nariz. Después de que ya no había lágrimas, se separó de mí, levantó la cara, me miró a los ojos y dijo ―Te dije que no quiero verte nunca más.

Recomendación de lectura

Los cuentos pueden leerse en cualquier orden, hay algunos que están conectados y leerlos en orden facilitan entender la historia. La serie Nayat es como sigue: Nayat - Los ancianos de la montaña - La villa de la rosa - Como un deseo en el tiempo - Col