El día en que Theroc vino al mundo, soltó un llanto incontrolable que ensordeció a todos los presentes. Desde ese mismo instante, se percibió la extraordinaria fuerza que lo acompañaría, una fuerza que le permitiría volar a los escasos 5 días de haber nacido, algo completamente insólito. Inquieto, arrogante, con un carácter fuerte, así fue creciendo hasta transformarse en un ángel hermoso, como todos habían anticipado. A sus 25 años, Theroc fue honrado con el título de guardián de Retira. Esta designación conllevaba una gran responsabilidad, ya que Retira estaba poblada por seres extraños, semejantes a los ángeles pero sin alas. Eran seres despiadados y crueles, conscientes del amor pero con poca comprensión de cómo practicarlo. Nadie quería hacerse cargo de ese mundo, pues era un lugar cruel y lleno de avaricia, pero Theroc era el indicado para encargarse de ello.
Theroc debía permanecer allí toda su vida, cuidando que ningún ángel o criatura quisiera bajar a ese mundo. Observaba desde las alturas, sin intervenir directamente, simplemente dejando que la vida transcurriera y cumpliendo algunos deseos de aquellos que se lo merecían. Jamás debía abandonar su puesto, y así lo hizo durante muchos años, hasta que conoció a Nayat.
Theroc debía permanecer allí toda su vida, cuidando que ningún ángel o criatura quisiera bajar a ese mundo. Observaba desde las alturas, sin intervenir directamente, simplemente dejando que la vida transcurriera y cumpliendo algunos deseos de aquellos que se lo merecían. Jamás debía abandonar su puesto, y así lo hizo durante muchos años, hasta que conoció a Nayat.
Nayat vino al mundo 9 años después de Theroc en un día muy peculiar en Retira. Un día en el que, por una sola vez al año, el día duraba más que la noche y los seres de ese mundo festejaban con fiestas durante tres días. A diferencia del nacimiento de Theroc, no hubo llanto, pero sí tristeza, ya que Nayat nació sin alas, convirtiéndose en la primera de su especie. Esto no la hizo merecedora del título de ángel y fue mal visto por los demás. Durante su infancia, los otros ángeles no compartían juegos con ella; por el contrario, se burlaban y se preguntaban qué pasaría si la arrojaban desde las nubes. Nayat pasó sus primeros años buscando en los cielos a alguien como ella, pero nunca encontró a nadie. ¿Por qué Nayat había nacido de esa manera? Con piel oscura como la noche, cabello rizado que recordaba el caer de los rayos en la tormenta, piernas fuertes y delicadas, y ojos luminosos que iluminaban incluso en el día más soleado. Un pequeño ángel sin alas, diferente a todos los demás.
¿Alguna vez has sentido una comezón que no puedes rascar? ¿Has experimentado esa extraña sensación de que olvidaste algo que nunca puedes recordar qué es? ¿O tal vez has sentido un dolor extraño, una impotencia por no poder realizar algo que deseas? Volar, ¿alguna vez has considerado la idea de volar sin tener ni idea de cómo hacerlo? Nayat vivía con esas sensaciones todo el tiempo. ¿Qué sería de ella cuando tuviera que cruzar el sendero prohibido para llegar a su destino? Tendría que atravesarlo a pie, y es probable que no sobreviva a la travesía. En ese camino, el cielo y el infierno se fusionan; debes enfrentar tus instintos más bajos, conocer tu verdadero yo, confrontar tu ego y vencer tus falsas emociones. Solo volando puedes evitarlo y llegar a salvo al final del camino.
¿Alguna vez has sentido una comezón que no puedes rascar? ¿Has experimentado esa extraña sensación de que olvidaste algo que nunca puedes recordar qué es? ¿O tal vez has sentido un dolor extraño, una impotencia por no poder realizar algo que deseas? Volar, ¿alguna vez has considerado la idea de volar sin tener ni idea de cómo hacerlo? Nayat vivía con esas sensaciones todo el tiempo. ¿Qué sería de ella cuando tuviera que cruzar el sendero prohibido para llegar a su destino? Tendría que atravesarlo a pie, y es probable que no sobreviva a la travesía. En ese camino, el cielo y el infierno se fusionan; debes enfrentar tus instintos más bajos, conocer tu verdadero yo, confrontar tu ego y vencer tus falsas emociones. Solo volando puedes evitarlo y llegar a salvo al final del camino.
—¡Nayat! —le gritaron algunos ángeles—. Mira, mira, debes venir a ver, hemos encontrado a seres como tú... sí, sin alas. Nayat no podía esperar, dejó todo de lado y corrió detrás de los jóvenes ángeles.
—Vamos, corre más rápido —le gritaban. Y ella corría a toda velocidad detrás de ellos mientras los miraba alejarse con desesperación por los cielos.
—¿Lo ves? Te lo dije, son como tú —dijo uno de los ángeles. Nayat se recostó boca abajo y se agarró firmemente de una nube mientras miraba con precaución asomándose por la orilla de una nube. Al ver que eran como ella, no pudo contener la emoción.
—¿Dónde es ese lugar? —preguntó Nayat sin dejar de mirar.
—Su nombre es Retira —le contestó una voz grave y fuerte.
—Wow, yo quiero ir, ellos son como yo —respondió Nayat.
—Ellos no son como tú; esos seres no son como nosotros —le dijo la voz al tiempo que la tomaba de la cintura y la levantaba con mucha facilidad.
—Tú ni tus amigos deberían estar aquí —le dijo de nuevo aquel ángel de fuertes brazos.
—Ella no es nuestra amiga, vámonos —contestó uno de los jóvenes ángeles.
—Vamos, corre más rápido —le gritaban. Y ella corría a toda velocidad detrás de ellos mientras los miraba alejarse con desesperación por los cielos.
—¿Lo ves? Te lo dije, son como tú —dijo uno de los ángeles. Nayat se recostó boca abajo y se agarró firmemente de una nube mientras miraba con precaución asomándose por la orilla de una nube. Al ver que eran como ella, no pudo contener la emoción.
—¿Dónde es ese lugar? —preguntó Nayat sin dejar de mirar.
—Su nombre es Retira —le contestó una voz grave y fuerte.
—Wow, yo quiero ir, ellos son como yo —respondió Nayat.
—Ellos no son como tú; esos seres no son como nosotros —le dijo la voz al tiempo que la tomaba de la cintura y la levantaba con mucha facilidad.
—Tú ni tus amigos deberían estar aquí —le dijo de nuevo aquel ángel de fuertes brazos.
—Ella no es nuestra amiga, vámonos —contestó uno de los jóvenes ángeles.
¿Has sentido esa sensación de pertenencia, ese apretón en el pecho cuando ves algo hermoso y lo quieres solo para ti? ¿Esa sensación de abrazar y llorar indefinidamente, la sensación de amor, de felicidad, como si nunca antes hubieras visto algo tan hermoso en toda tu vida? Eso fue lo que sintió Theroc al ver a Nayat por primera vez. Al sujetarla por la cintura y ponerla frente a él, quedó pasmado y no pudo moverse. Lo más hermoso que había visto en su vida estaba en sus manos.
—¿Puedes bajarme, por favor? —le dijo Nayat. Theroc la bajo lentamente pero enmudeció por un momento.
—Mmm, ¿por qué dices que esos seres no son como nosotros? Verás, yo no tengo alas, así como ellos. ¿Y quién eres tú? ¡Oye! ¿me estás escuchando? ¡Te estoy hablando! —replicó Nayat.
—Perdona, sí, claro, mi nombre es Theroc, soy el guardián de Retira —contestó con cuidado Theroc.
—Nunca había escuchado hablar de ese lugar. ¿Es uno de los mundos que los ángeles deben cuidar, verdad? —preguntó Nayat.
—Sí, así es —contestó Theroc sin dejar de mirarla un segundo.
—Bueno, me voy. Veo que te estoy quitando el tiempo. Adiós —se despidió Nayat rápidamente.
—Sí, adiós... ¡Oye! —dijo Theroc, pero Nayat no lo escuchó.
—¿Puedes bajarme, por favor? —le dijo Nayat. Theroc la bajo lentamente pero enmudeció por un momento.
—Mmm, ¿por qué dices que esos seres no son como nosotros? Verás, yo no tengo alas, así como ellos. ¿Y quién eres tú? ¡Oye! ¿me estás escuchando? ¡Te estoy hablando! —replicó Nayat.
—Perdona, sí, claro, mi nombre es Theroc, soy el guardián de Retira —contestó con cuidado Theroc.
—Nunca había escuchado hablar de ese lugar. ¿Es uno de los mundos que los ángeles deben cuidar, verdad? —preguntó Nayat.
—Sí, así es —contestó Theroc sin dejar de mirarla un segundo.
—Bueno, me voy. Veo que te estoy quitando el tiempo. Adiós —se despidió Nayat rápidamente.
—Sí, adiós... ¡Oye! —dijo Theroc, pero Nayat no lo escuchó.
Theroc no podía salir de ese estado catatónico y pausado. No podía pensar con claridad. Cuando contestó el adiós, Nayat ya se había ido.
Pasaron algunos días, y Theroc no podía dejar de pensar en esa joven. Un día, de la nada, dejó su puesto, extendió sus enormes alas y se elevó por los cielos en busca de un indicio de Nayat. Voló durante días enteros, dos para ser exactos. Estaba agotado hasta que, a lo lejos, escuchó su voz. La había encontrado. Bajó velozmente y se puso frente a ella.
—¿Conoces el lugar más hermoso del universo? —preguntó Theroc con seguridad. Todos alrededor observaban en silencio; un ángel hermoso hablaba con el ser más extraño del cielo.
—No, no lo conozco —contestó Nayat. Theroc la tomó de la cintura, extendió sus alas y dijo —Sujétate fuerte.
Nayat lo tomó del cuello y recargó fuertemente su cara en su pecho. Él, con gran fuerza, agitó sus alas y se elevó a gran velocidad. Los presentes se cubrían los ojos por la fuerte ventisca que ocasionó la fuerza de sus alas mientras los miraban perderse en lo alto. Theroc llevó a Nayat a Retira, a lo alto de una montaña, para que viera el amanecer.
—Es hermoso, jamás imaginé que en el universo existiera algo tan divino —dijo Nayat con los ojos cargados de lágrimas y extasiada por lo que estaba presenciando.
—¿Y qué es eso de allá abajo? ¿Son nubes? —preguntó Nayat señalando.
—Eso de ahí se llama nieve; cae del cielo como la lluvia y lo cubre todo —dijo Theroc.
—Es hermoso —decía Nayat al tiempo que se llevaba las manos al corazón, como abrazando la nada—. ¿Podemos bajar a tocarla?
—No, jamás —la interrumpió de golpe Theroc—. Nunca debes pensar siquiera en bajar ahí, es muy peligroso y lo tenemos prohibido; los seres que viven aquí jamás entenderían lo que eres. Si llegaran a verte, no sé qué podrían hacerte.
—Pero no hay nadie aquí, está desierto —le contestó con mucha tranquilidad Nayat.
—Eso es porque en esta parte del mundo no se da la vida; el frío es extremo, no sobreviven ni las plantas ni los animales —dijo Theroc.
—Entonces sí podríamos bajar; nadie nos vería —alegó Nayat, al tiempo que se ponía de pie.
—He dicho que no —dijoTheroc con voz fuerte, mientras tomaba del brazo a Nayat.
—Pero es que quiero tocar la nieve —le dijo Nayat.
Theroc se quedó callado, y Nayat entendió su silencio. Lo tomó de la mano, la acarició un momento y le dijo: —Prometo no bajar jamás, no te molestes conmigo, ¿sí? Además, no sé cómo hacerlo.
Theroc no comprendía la pasividad de Nayat; su sonrisa le transmitía tanta paz. Podía ver el universo en sus ojos y, por un momento, se sintió libre. Libre de las tareas de su día a día, libre de cuidar un mundo que él no eligió, libre de explorar los cielos y enamorarse.
Pasaron algunos días, y Theroc no podía dejar de pensar en esa joven. Un día, de la nada, dejó su puesto, extendió sus enormes alas y se elevó por los cielos en busca de un indicio de Nayat. Voló durante días enteros, dos para ser exactos. Estaba agotado hasta que, a lo lejos, escuchó su voz. La había encontrado. Bajó velozmente y se puso frente a ella.
—¿Conoces el lugar más hermoso del universo? —preguntó Theroc con seguridad. Todos alrededor observaban en silencio; un ángel hermoso hablaba con el ser más extraño del cielo.
—No, no lo conozco —contestó Nayat. Theroc la tomó de la cintura, extendió sus alas y dijo —Sujétate fuerte.
Nayat lo tomó del cuello y recargó fuertemente su cara en su pecho. Él, con gran fuerza, agitó sus alas y se elevó a gran velocidad. Los presentes se cubrían los ojos por la fuerte ventisca que ocasionó la fuerza de sus alas mientras los miraban perderse en lo alto. Theroc llevó a Nayat a Retira, a lo alto de una montaña, para que viera el amanecer.
—Es hermoso, jamás imaginé que en el universo existiera algo tan divino —dijo Nayat con los ojos cargados de lágrimas y extasiada por lo que estaba presenciando.
—¿Y qué es eso de allá abajo? ¿Son nubes? —preguntó Nayat señalando.
—Eso de ahí se llama nieve; cae del cielo como la lluvia y lo cubre todo —dijo Theroc.
—Es hermoso —decía Nayat al tiempo que se llevaba las manos al corazón, como abrazando la nada—. ¿Podemos bajar a tocarla?
—No, jamás —la interrumpió de golpe Theroc—. Nunca debes pensar siquiera en bajar ahí, es muy peligroso y lo tenemos prohibido; los seres que viven aquí jamás entenderían lo que eres. Si llegaran a verte, no sé qué podrían hacerte.
—Pero no hay nadie aquí, está desierto —le contestó con mucha tranquilidad Nayat.
—Eso es porque en esta parte del mundo no se da la vida; el frío es extremo, no sobreviven ni las plantas ni los animales —dijo Theroc.
—Entonces sí podríamos bajar; nadie nos vería —alegó Nayat, al tiempo que se ponía de pie.
—He dicho que no —dijoTheroc con voz fuerte, mientras tomaba del brazo a Nayat.
—Pero es que quiero tocar la nieve —le dijo Nayat.
Theroc se quedó callado, y Nayat entendió su silencio. Lo tomó de la mano, la acarició un momento y le dijo: —Prometo no bajar jamás, no te molestes conmigo, ¿sí? Además, no sé cómo hacerlo.
Theroc no comprendía la pasividad de Nayat; su sonrisa le transmitía tanta paz. Podía ver el universo en sus ojos y, por un momento, se sintió libre. Libre de las tareas de su día a día, libre de cuidar un mundo que él no eligió, libre de explorar los cielos y enamorarse.
Una mañana, Nayat se encontró un pequeño frasco con una nota que decía «No la tengas mucho tiempo en tu mano porque quema, y date prisa o se derretirá.» Era nieve, un frasco lleno de nieve. Nayat sumergió la mano en el frasco y, a pesar de la advertencia y de que su mano comenzó a entumecerse, no quería sacar la mano. La sensación que experimentaba era algo más que la nieve, era una calidez en su corazón, una sensación de alivio.
—Bajó por nieve, lo hizo por mí —murmuró.
Por años, Theroc y Nayat bajaban todas las mañanas a la misma montaña, donde contemplaban el amanecer. Nayat se recostaba en el pecho de Theroc, y este la cubría con sus alas. A Theroc nunca le importó el motivo por el que Nayat no tenía alas; jamás la trató diferente, la amaba y ella a él. Por las noches, de regreso en el cielo, en la orilla del puesto de vigilancia, Theroc despedía a Nayat con un beso de ángel. La Luna se veía a lo lejos, las alas de Theroc se iluminaban con la luz lunar, y la piel morena de Nayat parecía brillar, era sin duda parte de la noche.
Hasta que llegó el día en que Nayat debía cruzar el sendero prohibido, tal como alguna vez lo hicieron Theroc y otros ángeles. Theroc ardía en cólera y gritaba de furia.
—No, ella no debe ir, no puede hacerlo —exclamaba desconsolado y con ira. Voces de ángeles resonaban en eco por todo el lugar, repitiendo— Es su destino, todos deben cruzar.
Theroc seguía gritando
—¡Pero ella no lo logrará!
Con calma, Nayat se acercó a su amado y le dijo
—No debes temer, regresaré. Prometo jamás perderme un amanecer a tu lado.
Mientras acariciaba su rostro, Nayat se perdió en la lejanía, y Theroc la miraba alejarse en aquel camino de sombras. Al principio del sendero, en un letrero de madera escrito en un extraño idioma, se podía leer: «Todos deben cruzar, a la mitad del camino encontrarás tu destino, y al regresar, tu lugar estará aguardando.» Theroc lo sabía; fue ahí donde le encomendaron la tarea de cuidar de Retira.
El sendero que conducía al monasterio de Col era la ruta por la cual debían cruzar los ángeles. En ese monasterio, resguardados, se encontraban los manuscritos sagrados de los ángeles, documentos que contenían las primeras tareas otorgadas por Dios al primer ángel. Cruzar ese camino se hacía volando. A pie sólo cruzaban errantes y ángeles castigados que si lograban llegar al monasterio, serían perdonados y se les otorgaría una tarea. Sólo se sabía de un errante que logró regresar, pero era un mito.
—¿En dónde está el guardián de estas tierras? —gritó con furia un enorme ángel.
—Nadie lo sabe, el lugar lleva así un día entero —contestó alguien por ahí.
Theroc jamás regresó. ¿Y dónde estaba él? Se encontró con Nayat en el camino.
«A los dos días me encontraré contigo en uno de los estrechos del camino; espérame ahí, y huiremos juntos» «le dijo Theroc un día antes de su partida a Nayat.»
Ese era el plan si no podía evitar que la obligaran a cruzar el sendero prohibido. Dos días y Nayat seguía esperando entre las sombras de un camino desconocido, lleno de criaturas extrañas y sombras que no paraban de hablar en un extraño idioma. A lo lejos, una sombra se acercaba; era Theroc, caminaba debilitado, a punto de caer. Nayat corrió a ayudarlo, tropezando entre decenas de cadáveres de seres que jamás llegaron a su destino.
—¿Qué te pasó?, ¿qué tienes? ¿Qué le pasó a tus alas? —preguntó Nayat sorprendida y desesperada.
—Tuve que cortarlas, a donde vamos no las necesitaremos; no seríamos bien recibidos.
—Pero mírate, estás muy débil —replicaba Nayat.
—Tú me das fuerza, así que sigamos, no deben encontrarnos —respondió Theroc—. No dormiste estos días como te dije, ¿verdad?
—Sí, me mantuve despierta todo el tiempo y no hablé con ninguna criatura como me ordenaste —contestó Nayat.
—Bien.
Theroc seguía gritando
—¡Pero ella no lo logrará!
Con calma, Nayat se acercó a su amado y le dijo
—No debes temer, regresaré. Prometo jamás perderme un amanecer a tu lado.
Mientras acariciaba su rostro, Nayat se perdió en la lejanía, y Theroc la miraba alejarse en aquel camino de sombras. Al principio del sendero, en un letrero de madera escrito en un extraño idioma, se podía leer: «Todos deben cruzar, a la mitad del camino encontrarás tu destino, y al regresar, tu lugar estará aguardando.» Theroc lo sabía; fue ahí donde le encomendaron la tarea de cuidar de Retira.
El sendero que conducía al monasterio de Col era la ruta por la cual debían cruzar los ángeles. En ese monasterio, resguardados, se encontraban los manuscritos sagrados de los ángeles, documentos que contenían las primeras tareas otorgadas por Dios al primer ángel. Cruzar ese camino se hacía volando. A pie sólo cruzaban errantes y ángeles castigados que si lograban llegar al monasterio, serían perdonados y se les otorgaría una tarea. Sólo se sabía de un errante que logró regresar, pero era un mito.
—¿En dónde está el guardián de estas tierras? —gritó con furia un enorme ángel.
—Nadie lo sabe, el lugar lleva así un día entero —contestó alguien por ahí.
Theroc jamás regresó. ¿Y dónde estaba él? Se encontró con Nayat en el camino.
«A los dos días me encontraré contigo en uno de los estrechos del camino; espérame ahí, y huiremos juntos» «le dijo Theroc un día antes de su partida a Nayat.»
Ese era el plan si no podía evitar que la obligaran a cruzar el sendero prohibido. Dos días y Nayat seguía esperando entre las sombras de un camino desconocido, lleno de criaturas extrañas y sombras que no paraban de hablar en un extraño idioma. A lo lejos, una sombra se acercaba; era Theroc, caminaba debilitado, a punto de caer. Nayat corrió a ayudarlo, tropezando entre decenas de cadáveres de seres que jamás llegaron a su destino.
—¿Qué te pasó?, ¿qué tienes? ¿Qué le pasó a tus alas? —preguntó Nayat sorprendida y desesperada.
—Tuve que cortarlas, a donde vamos no las necesitaremos; no seríamos bien recibidos.
—Pero mírate, estás muy débil —replicaba Nayat.
—Tú me das fuerza, así que sigamos, no deben encontrarnos —respondió Theroc—. No dormiste estos días como te dije, ¿verdad?
—Sí, me mantuve despierta todo el tiempo y no hablé con ninguna criatura como me ordenaste —contestó Nayat.
—Bien.
Caminaron por dos días más en aquel sendero. Theroc caminaba adolorido, débil, con un brazo alrededor del cuello de Nayat. Ella lo ayudaba a mantenerse en pie. Con una gallardía impresionante, Nayat no se debilitaba; tomaba fuerza y seguía caminando. Por momentos en los que se sentaban a descansar un poco, Nayat luchaba por mantener despierto a Theroc.
—Es aquí, hemos llegado —dijo Theroc—. Aquí podemos bajar.
—¿Dónde estamos? —preguntó Nayat.
—Es aquí, hemos llegado —dijo Theroc—. Aquí podemos bajar.
—¿Dónde estamos? —preguntó Nayat.
—Aquí está la escalera al cielo, la usaremos para bajar.
—¿Cómo que la escalera al cielo? ¿Será seguro ir por ahí? —preguntó Nayat preocupada.
—La primera vez que vine al monasterio un guardián me habló de esta escalera.
—¿Cómo, has venido más de una vez al monasterio? —Incsistió Nayat, pero al darse cuenta de que Theroc estaba muy débil y seguía perdiendo sangre de sus alas decidió continuar.
Salieron del sendero y comenzaron a bajar, era como atravezar un pozo sin fondo, obscuro, muy frio. Por momentos el viento soplaba con tal fuerza que era muy difícil mantenerse en pie, Nayat con todas sus fuerzas asistía a Theroc que apenas podía caminar, hasta que de pronto, en un abrir y cerrar de ojos, aparecieron en la cima de una montaña.
—Theroc, amor, despierta, hemos llegado. —Nayat miraba al rededor reconociendo el lugar—. Estamos en la montaña, en la montaña dónde venimos a ver el amanecer. ¿Pero cómo?
—La escalera no es para bajar, sino para subir. Pero no importa, debemos seguir bajando, debemos llegar a la nieve. —dijo Theroc.
—Si hubieras tenido tus alas pudimos bajar volando como antes, lamento tanto lo de tus alas.
Al bajar la montaña Theroc se recostó boca arriba en la nieve con el torso desnudo.
—La primera vez que vine al monasterio un guardián me habló de esta escalera.
—¿Cómo, has venido más de una vez al monasterio? —Incsistió Nayat, pero al darse cuenta de que Theroc estaba muy débil y seguía perdiendo sangre de sus alas decidió continuar.
Salieron del sendero y comenzaron a bajar, era como atravezar un pozo sin fondo, obscuro, muy frio. Por momentos el viento soplaba con tal fuerza que era muy difícil mantenerse en pie, Nayat con todas sus fuerzas asistía a Theroc que apenas podía caminar, hasta que de pronto, en un abrir y cerrar de ojos, aparecieron en la cima de una montaña.
—Theroc, amor, despierta, hemos llegado. —Nayat miraba al rededor reconociendo el lugar—. Estamos en la montaña, en la montaña dónde venimos a ver el amanecer. ¿Pero cómo?
—La escalera no es para bajar, sino para subir. Pero no importa, debemos seguir bajando, debemos llegar a la nieve. —dijo Theroc.
—Si hubieras tenido tus alas pudimos bajar volando como antes, lamento tanto lo de tus alas.
Al bajar la montaña Theroc se recostó boca arriba en la nieve con el torso desnudo.
—¿Qué haces? -preguntó Nayat
—La nieve parará el sangrado y me ayudará con el dolor
—¿Estás seguro de eso?
—Muy seguro, ya no te preocupes, aquí estamos a salvo, todo irá bien. Ahora estamos en nuestro nuevo hogar.
Se dice que dos amantes habitan en Retira, que se les puede ver por las mañanas cuando sale el sol. Se dice que habitan en las montañas y que uno de ellos fue un ángel, pero dejó de serlo por amor. Se dice que su amor es como ellos, inmortal.