Ir al contenido principal

Los ancianos de la montaña

Hay una historia que se cuenta por ahí, los viejos y hasta los más jóvenes la conocen. Ha pasado de boca en boca por muchos años. ¿Quién sabe cuántos? Parece que ya nadie lo recuerda.
    —Buenas tardes señor, es usted Don Efraín?
    —Ese mero soy yo ¿En que le puedo servir?
    —Dígame señor, ¿conoce usted la historia de los ancianos de la montaña?
    —Claro que sí, me la contó mi abuelo hace unos años. Me dijo que su bisabuelo los vio cuando bajaron del cielo. —respondió Efraín
    —¿De verdad?
    —Sí, claro. Si vienes a verlos, deberás subir por la tarde para llegar a la cima al otro día por la mañana, porque cuando sale el Sol es más probable verlos. —dijo Efraín—. Sacó uno cerillos de su gabardina y encendió un cigarrillo. —Aunque déjame decirte que no eres el primero que viene aquí por eso, y no se sabe con certeza si alguien ha logrado verlos nunca.
    —Mejor no pierda su tiempo, joven, todo ese cuento de los ancianos de la montaña es mentira, nadie nunca los ha visto. —dijo un sujeto que se encontraba cerca escuchando la conversación.
    —Claro que sí, mi padre los vio hace 50 años, él me lo contó. —afirmó Efraín
    —Eso es mentira. —repeló el sujeto
    —Usted no haga caso, joven, yo sé lo que le digo. Es verdad. Es más, ¿Alcanza a ver esa estrella que se ve arriba de la montaña? —Señaló Efraín con la misma mano con la que sostenía el cigarrillo; la otra mano no la sacaba de su abrigo. —Esa, la solitaria, la única que se puede ver.
    —Sí, sí, la veo.
    —Pues fíjese que esa estrella antes no estaba, y se dice que los ancianos la hicieron, es de ellos.
    —¿Me está queriendo decir que ellos hicieron una estrella?
    —Claro, ellos fueron ángeles, pueden hacer cosas como esa y más. Sólo que huyeron del cielo y por eso están aquí.
    —¿Y sabe por qué se fueron?
    —Se dice que no los dejaban estar juntos, y huyeron para acá. Yo sí lo creo —dijo Efraín—. Y continuó. «Imagínese que esa montaña siempre estuvo desolada, tan alta e imponente, pero sin vida. Y ahora mírela, llena de vida, con hermosos árboles. Dicen algunos que han subido que hay hasta manantiales y mucha fauna, lo que no había antes. Sólo que déjeme decirle que subir es difícil, no todos llegan hasta allá»
    —¿Usted ya subió?
    —Lo intenté pero no logré más que llegar a las faldas de la montaña, y tuve mucha suerte al regresar. Jamás volvería a intentarlo.
    —No, pues yo sí voy a subir, y los voy a encontrar, ya verá.
    —Pues si los ve, se dice que le pueden cumplir un deseo, el que usted quiera. Aquí hubo un señor que ya no regresó después de subir, y dicen por ahí que fue porque los encontró. —Efraín se quedó callado por un momento, pensativo. —Oh, a lo mejor murió en el camino, quién sabe la verdad.

CUADERNO DE VIAJE

Primeras horas
He llegado. Hace frío, y de este lado del planeta es más frío que el lugar de donde vengo. Aquí, los días son más cortos. Espero acostumbrarme pronto. He hablado con algunos lugareños; son amables y me han contado diferentes historias. Pero lo único que importa es que hay esperanza. Al parecer, hubo alguien que jamás regresó, el único que no fracasó. Todos los demás han regresado sin nada, pero entre aquellos cientos, hay al menos alguno que lo logró. Yo podré hacerlo también.

La Villa de la Rosa
Ha pasado un día; el frío es fuerte y mis manos se congelan al instante. No puedo sacarlas del abrigo, siento un dolor extraño en los dedos, la mayor parte del tiempo están entumecidos. Llegar a la Villa de la Rosa no es sencillo; el camino es difícil y no hay transporte. No soy el único; han llegado cerca de veinte personas más, pero escuché a tres decir que ya no seguirán adelante, el frío puede más que ellos. Es hora de partir; son las 07:00 horas y un guía nos lleva a la base de la montaña. No puedo ver la cima; está más allá de las nubes.

    —No se separen, esta primera parte del camino no es difícil, sólo síganme. Atravesando el sendero les daré más indicaciones —dijo el guía.
    —Dígame, ¿cuántos kilómetros son hasta la falda de la montaña? —preguntó uno de los turistas.
    —Aproximadamente treinta kilómetros —contestó el guía.
    —¿Y no sería más fácil utilizar algún transporte para llegar allá? —replicó el turista.
    —Claro que sí ¿Pero ha llegado a ver algún medio de transporte en la aldea? No ¿verdad? Además, permítame decirle la leyenda dice que el camino es la clave para llegar a la cima, por lo que muchos creen que por eso debe hacerse a pie, así que usted decide —dijo el guía—. Continuemos.

El sendero
El sendero es tranquilo; el frío sigue igual. Hemos llegado al final del camino. Caminamos un par de horas en un estrecho sendero entre dos pequeños montes. El final del sendero es increíble; en frente de nosotros no hay nada, solo nieve hasta donde se alcanza a ver. Al final de aquel inmenso horizonte blanco, la neblina más espesa que jamás había visto se alza hasta el cielo y parece no tener fin. Ahora entiendo el porqué de aquell faro en una de las laderas del pueblo. Ese faro es la única señal que te ayuda a regresar.
    
    —Hasta aquí puedo acompañarlos. No olviden jamás perder el faro de vista, sigan hacia adelante con el faro a su espalda y la estrella de frente. Cuando esté sobre su cabeza habrán llegado. No se separen y jamás se detengan... suerte  —nos dijo el guía.
    —¡Ja! Ahora entiendo. ¿Jamás ha llegado nadie, verdad? Ese cuento de que los que no regresan son los que han llegado es porque en realidad se perdieron en la niebla, ¿no es así? Es más, no sabemos si en realidad la montaña se encuentra ahí, no se alcanza a ver nada —dijo uno de los turistas.
    —Seguramente en el camino encontrará las respuestas. Si quiere, puede seguir o quedarse aquí, como usted decida. ¿Ve esa estrella en el cielo? No ha estado ahí siempre, y es visible todo el tiempo, día y noche. Es lo único que es posible ver a través de la niebla, y es más brillante solo muy pocas veces. Yo solo la he visto brillar intensamente una sola vez; se dice que brilla así cuando alguien ha logrado verlos —mencionó el guía.
—Pues a mí no me importa, yo sí iré, así que no perdamos más tiempo —dijo otro de los turistas—. ¿Quién viene conmigo?

La niebla
Miro mis manos, y a pesar de estar a menos de un metro de distancia de mis ojos, es complicado ver a detalle. La niebla es tan espesa que pareciera que habría que cargar con ella; es como encontrarse en el agua. Me siento lento y pesado, no debo parar. Puedo escribir esto a duras penas por el paso tan lento que llevo. Los pies me pesan, y la nieve me cubre casi hasta las rodillas. Yo no soy un experimentado alpinista como muchos de aquí. Yo solo he venido por mi fe; necesito ver a los ancianos, lo anhelo. Pero no es por ambición; de verdad, necesito algo más que un milagro. Necesito pedir un deseo.
—¿Alguien puede ver algo? ¿Me escuchan? Ayuda, ayuda por favor, tengo miedo, quiero irme a casa. Inaniel, perdóname, no pude hacerlo.

La montaña
Lo he logrado. Entré en desesperación por un momento y me sentía perdido. Seguí caminando y llegué, pero estoy solo; los demás al parecer se han quedado atrás. La niebla se ha disipado en esta parte. Estoy en la falda de la montaña, ya no hace frío, y el fuerte viento que hizo la última mitad del camino ha desaparecido. Después de días, puedo quitarme el abrigo y la ropa pesada. No sé cómo seguir; perdí parte de mi equipo en el camino. Solo espero no necesitar mucho. Muero de miedo. Aquí no hay neblina, pero todo a mi alrededor sigue invisible. La niebla solo ha desaparecido aquí, pero no alcanzo a ver el faro; no sabría regresar. Al parecer, solo queda un camino, hacia arriba.

La noche
No ha anochecido. Llevo un par de horas subiendo y no he notado que oscurezca. No veo el Sol, solo la estrella en el cielo. Mi reloj de bolsillo se ha detenido; nada funciona. Algo tiene el aire que, al respirar, siento cómo entra en mi cuerpo y recorre mis pulmones. Mi mente se concentra mucho en mi respiración; no puedo evitarlo. Estoy cansado, tengo sed, no quiero tomar lo último que me queda de agua hasta que sea necesario, porque no sé cuánto falta. Aún no llego a las nubes.

Sueño
He decidido dormir un poco. No sé cuántas horas han pasado, pero sigue sin llegar la noche y tengo algo de sueño. Miro hacia abajo y parece que no he subido nada, mientras que al mirar hacia arriba me da la sensación de que cada vez estoy más lejos de mi destino. Es algo extraño; siento como si no estuviera caminando hacia arriba. Todo este tiempo, no he escalado nada, solo he seguido un sendero que parece rodear la montaña y, a simple vista, se ve que sube. Sin embargo, es como caminar en círculos en el mismo lugar alrededor de la montaña, pero nada es igual. Las piedras, la tierra, los árboles, todo es diferente. No sé mucho sobre subir una montaña tan alta, pero tengo la impresión de que algo debe pasar con el aire que respiro. Siempre escuché que se enrarecía el oxígeno, pero aquí todo sigue igual.

   — Despierta —una voz ligera y susurrante dijo en la lejanía.
    —Eh, ¿quién está ahí?
    —Mira al cielo, cierra los ojos, aroma a tierra mojada, vida eterna, sol y viento en la cara, respira, respira, el aroma de la tranquilidad, confiesa, confiesa, que yo estoy aquí, sube conmigo, por el abismo, como es arriba es abajo, el cielo es tierra y la tierra es el cielo, los que temen caerán, los valientes seguirán, el amor es la clave, aunque nazcas sin alas, el amor llegará, y aunque te corten las alas, un ángel siempre serás... la, la, la, la, la... Mira al cielo, cierra los ojos, aroma a tie... —continuaba la canción pero se perdía en la lejanía por el ruido del viento.
    —¿Quién está cantando? Contesta, puedo escucharte.

Canción del cielo
No sé cuánto tiempo dormí, pero tuve un sueño muy extraño y escuché una canción en el cielo. Era alguien cantando, una chica joven, con una voz parecida a la de Inaniel, mi hija. No puedo sacar la canción de mi cabeza, y escucho su voz en mi mente; ella canta esa canción. Creo que alguien me observa; no estoy solo. Pero, ¿qué ha sucedido? Miro al cielo, y ya no hay nubes; ahora están debajo de mí. ¿Cómo subí tanto? No recuerdo haberlas atravesado. Veo la cima, algunas lágrimas caen de mis ojos. Por fin, lo he logrado. Estoy agotado, pero mi felicidad es mayor. Debo continuar.

La cima
Qué hermoso lugar. Es temprano, lo sé porque por fin puedo ver el Sol. Está en el horizonte, con un anaranjado intenso y hermoso, y justo arriba de mí, la estrella. La cima es como una amplia meseta; es increíble. Estoy en la cima, lo sé, pero pareciera que me encuentro en un altiplano. A pesar de la aparente altura que sobrepasa las nubes, aquí solo hay verde, frondosos árboles y un césped de un verde constante y brillante. He caminado unos metros y, al parecer, he encontrado un indicio; alcanzo a ver una cabaña de madera. Deben estar allí.

La cabaña
Aquí no ha habitado nadie en años. No hay nada; está vacío, desolado, abandonado. Una pequeña mesa en el centro con un par de sillas. Me encuentro sentado en una de ellas y bebo agua fresca de un cántaro. Es extraño que haya esta vasija de agua aquí porque todo alrededor de esta pequeña choza indica que no habita nadie. Polvo, telarañas y un ambiente de soledad es lo único que habita aquí. La cabaña parece caerse a pedazos. Debo seguir hasta encontrar algo.

Eterno amanecer
Me encuentro sentado en una roca, en el borde de la montaña, en una saliente que apunta al sol en el horizonte. El amanecer es perpetuo; el sol no ha cambiado de posición, como si jamás se moviera del horizonte. No sé el tiempo que llevo aquí, pero no ha dejado de amanecer. A mi lado, en el borde del abismo, hay dos figuras de roca que parecieran personas. Están mirando el eterno amanecer, una abrazando por la espalda a la otra. Dos rocas mirando el horizonte interminable, como si se hubieran quedado aquí por años y el tiempo los hubiera convertido en piedra. Me he quedado dormido, no sé por cuánto tiempo, y todo sigue igual; el Sol en la misma posición y la canción de nuevo en mi cabeza. ¿Qué debo hacer? Esa canción no me deja pensar; esa voz me es tan familiar. Ya no puedo más; siento un impulso en mi corazón. Estoy parado en el borde del abismo, veo las nubes a mis pies y arriba la nada, el azul del cielo y esa estrella que guió mi camino, que ha comenzado a brillar con más intensidad. Lo único que siempre estuvo conmigo todo este tiempo. La canción es la guía. En el camino encontraré la respuesta, dijeron, pero tal vez, es en el camino de regreso. Miro al cielo, cierro los ojos, puedo oler la tierra húmeda, siento el Sol y el viento en mi rostro, respiro profundamente, y pido un deseo... Quiero estar con mi hija de nuevo. Lamento todo, cometí errores, pero ya no tiene sentido pedir perdón. Lleva años desaparecida; era solo una niña. Jamás debí dejarla. Llévenme con ella; deseo estar con ella, con el amor de toda mi vida, mi hermosa niña, Inaniel, mi hija.

Por el abismo, como es arriba es abajo, el cielo es tierra y la tierra es el cielo, ya no tengo miedo.
    —¿Dónde estoy?
    —¿Dónde deseabas estar? —respondió una voz dulce y amable.
    —Con mi hija.
    —¿Qué recuerdas? —contestó la misma voz.
    —Me arrojé por el abismo, atravesé las nubes y ahora estoy aquí. Dígame, anciana, ¿estoy muerto?
    —De algún modo sí, pero no moriste; solo que aquí donde te encuentras están las almas que perecieron —respondió la anciana con esa voz dulce.
    —¿Esto es el cielo?
    —Eso no importa ahora. ¿Alcanzas a ver el ángel de allá? —Señaló la anciana.
    —Sí, lo veo. Es hermoso.
    —Ve con ella, te dará las respuestas que necesitas —dijo la anciana.
    —¿Inaniel?
    —Solo ve, anda —replicó la anciana.

Así que siempre estuviste aquí, observando desde el cielo lo que me quedaba de vida. Escuché una historia y decidí intentarlo, y aquí estoy, en la eternidad, con lo único que de verdad he amado en mi vida. Ahora es momento de dejar este cuaderno de viaje. Lo arrojaré del cielo para que algún buscador de deseos sepa que esto es verdad, que jamás encontré a los ancianos de la montaña, pero me encontré a mí. ¿Cómo sacrificar eso que más amas si eso que más amo ya no está conmigo? En mi vida siempre fui tan egoísta; me amé más a mí que a ella, hasta ahora. Siempre supe que era verdad, que hubiera dado mi propia vida por mi hija, y creo que lo hice para volver a estar con ella. Hay cosas que no se pueden cambiar, pero otras se pueden transformar.

Se dice que dos ancianos habitan en la montaña, que se les puede ver cuando sale el Sol. Se dice que fueron ángeles y que pueden conceder cualquier deseo, solo si estás dispuesto a sacrificar lo que más amas, a veces, incluso tu vida misma.

Alonso García

Recomendación de lectura

Los cuentos pueden leerse en cualquier orden, hay algunos que están conectados y leerlos en orden facilitan entender la historia. La serie Nayat es como sigue: Nayat - Los ancianos de la montaña - La villa de la rosa - Como un deseo en el tiempo - Col