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La Villa de la rosa

    Se alcanza a escuchar a una multitud enardecida. Esto no está bien; debemos irnos de aquí, debemos hacerlo ahora que podemos. Son demasiados.

    —Yo no me iré de aquí, escucha bien. Si quieres, vete tú. Yo prometí defender este lugar hasta el final.

    La Villa de la Rosa no existía hace cientos de años, al igual que muchas aldeas. Fue fundada por un grupo de nómadas que buscaban un lugar donde asentarse. Nadie sabe con certeza cómo un grupo de personas pudo llegar hasta ese lugar, prácticamente inaccesible. Se encuentra en medio de un grupo de montañas muy altas, donde la mayor parte del año no da el sol. Parece que siempre es invierno allí, en medio de la nada. Al norte hay un desierto de nieve. No sé cómo decirlo, hay nieve por doquier, de esa nieve suave con la que se hacen muñecos, pero se pierde en la inmensidad. Un largo camino de nieve en el cual no es posible caminar libremente, ya que los pies se hunden hasta las rodillas. Es fácil quedar atrapado en ese "desierto" de nieve. A la mitad del camino, hay una pequeña montaña, pequeña en comparación con las que están al este y al oeste, pero cuya punta se pierde en las nubes. Tanto al este como al oeste, hay montañas enormes llenas de hielo duro que se desquebraja y quema al tocarlo. La montaña más alta se encuentra en el este, donde sale el sol, cubriendo los rayos solares y dejando la mayor parte del día sin luz. En ocasiones, la niebla no permite que los rayos del sol lleguen a la tierra. Al sur, se encuentra el océano, una inmensa cantidad de agua que se pierde en la vista, agua helada que, en ciertas épocas del año, se congela sutilmente formando una ligera capa transparente en la superficie, por la cual no es fácil caminar sin que esta se desquebraje y te trague.

    Una de las leyendas cuenta que los primeros habitantes llegaron por el océano, en un momento en el que se congeló lo suficiente como para permitir caminar sobre él. Otra leyenda dice que atravesaron las montañas. No lo sé, cualquiera de las dos leyendas me parece absurda. Yo he estado ahí, y por lo que veo, sé que llegar por esos rumbos era imposible en ese tiempo. Ahora, si me preguntas si entonces entraron por el norte, pues tampoco lo creo. Es imposible atravesar ese "desierto" de nieve. El viento sopla con tal fuerza que te congela los pulmones si no respiras a través de un abrigo, y caminar con esa nieve que traga los pies es prácticamente imposible.

    Nadie sabe cómo llegaron los primeros habitantes, y en realidad no importa. Hay cosas más importantes. Cuando los primeros llegaron ahí, se encontraron con dos habitantes de esas zonas, dos individuos que al parecer vivían ahí desde hacía tiempo. Recolectaban agua de la ladera de una montaña y sembraban todo tipo de hortalizas: ajo, brócoli, col, zanahoria, rábanos, lechuga, guisantes, espinacas. Lo más increíble era que eran capaces de sembrar en la nieve y la tierra congelada, algo imposible. Además, donde sembraban, en todo alrededor crecían cientos, miles de rosas. En ese clima, se daban las más hermosas rosas. Así es que fue nombrada la Villa de la Rosa, porque en un clima inhóspito, en una zona olvidada por Dios, podría habitar una gran belleza.

    Los habitantes de allí siempre mencionaron que fueron guiados por una estrella, una estrella en el cielo que apareció un día cualquiera. Nadie antes la había visto; apareció justo encima de la montaña del norte, una estrella que los abuelos pusieron para no perder el camino de regreso a casa. Los abuelos enseñaron a las personas de ese lugar a sembrar y cosechar en ese clima, les mostraron un sin número de secretos, entre ellos el secreto de la inmortalidad. Vivió allí un reducido grupo de personas que se decía tenían cientos de años de edad. Se decía que los abuelos eran ángeles,  y vivían con las personas de la Villa. El abuelo era un excelente agricultor y un sabio, y la abuela, una increíble médico que siempre estaba en todos los nacimientos de cada nuevo miembro de la aldea. Siempre llevaba mantas para el frío y nieve que les ponía en el vientre a las madres para bajar el dolor y avivar al bebé. Hacía una pequeña cama con pétalos de rosas y limpiaba a los recién nacidos con los mismos pétalos y agua de nieve. Todo era tranquilo, y eran felices, hasta que un día, una decena de personas enfermó. Nadie supo qué fue lo que sucedió. Uno de los aldeanos murió un día, y ahí descubrieron que la inmortalidad sí podía ser vencida por una enfermedad o una muerte a causa de accidente. La inmortalidad solo era para no morir de viejos.

    La gente del pueblo, y los que estaban enfermos, pidieron a los abuelos que curaran su enfermedad y les regalaran un secreto más de inmortalidad. Ellos se negaron, argumentando que la inmortalidad que les habían concedido era así porque no podían ir del todo contra el curso natural de la vida. Un grupo de aldeanos, incluidos los enfermos, decidió salir de la Villa y explorar algo más, en busca de alguna cura. Fueron advertidos por los abuelos de que al salir de la Villa corrían el riesgo de llevar sus secretos a otros lugares y contaminarían su cultura, podrían poner en peligro a los demás y lo que habían logrado todos esos años. Sin importar las advertencias, se aventuraron a salir. Se dice que en su mente aún conservaban la memoria del camino para salir del lugar. Pasaron muchos años, no podría asegurar cuántos, la inmortalidad hacía que la gente dejara de contar los días. Un día llegó a la Villa un joven con un grupo de personas. Decían venir del otro lado de las montañas y que llegaron buscando el secreto de la inmortalidad. Ese joven, el líder del grupo, se llamaba Dirac. Era un sujeto muy inteligente; llegó muy entusiasmado y con mucha energía. Pidió ayuda, ya que su gente moría de hambre: no lograban sembrar en la nieve y sus animales morían de frío. Él parecía ser un buen sujeto, comenzó a ayudar a los pobladores a mejorar sus casas, a transportar leña a la Villa y construir espacios y cercas para los animales. Los pobladores aceptaron a Dirac y a su gente, ya que vieron que eran buenos ayudando y creyeron que podrían hacerle un bien a su comunidad. Junto con él terminaron de construir un faro que colocaron arriba de la montaña del norte, ese faros servía para que en épocas de mucha oscuridad los pobladores de la Villa estuvieran un poco más iluminados y si alguien se perdía en el camino pudiera regresar siguiendo la luz. Cada cierto tiempo dejaban encargado a algún poblador que se encargaría de encender el fuego del faro.

    Dirac era nieto de uno de los pobladores que se fue hace muchos años de la Villa de la Rosa. Resulta que ese grupo de personas que nunca regresó encontró una salida de la aldea, pero no pudieron continuar, así que se asentaron y formaron una pequeña aldea. Con los conocimientos adquiridos pudieron sobrevivir por mucho tiempo. Dirac escuchaba de su abuelo las historias de la Villa de la Rosa y comenzó a creer en la magia que habitaba allí, y reforzó esas creencias por la longevidad de su abuelo, ya que tanto su abuelo como su padre no parecían envejecer.

    Con la llegada de Dirac a la Villa, cada vez se veía menos a los abuelos. Rara vez bajaban de la montaña y el clima cada día se volvía más extremo. Un día, hubo una tormenta como ninguna otra que duró varios días; eso ocasionó que hubiera un deslave en una de las montañas más grandes y cercanas a la aldea. Esa noche, una gran roca cayó en el hogar de Dirac, matando a toda su familia. Él sobrevivió y fue sacado de debajo de las rocas dos días después. Fue una temporada muy difícil; se perdieron cosechas y lo peor fue que comenzó a escasear el agua. El deslave destruyó el dique natural que abastecía a toda la aldea. Debido a eso, muchas personas decidieron irse; se sabe que algunas perecieron en el camino por el clima tan difícil. Dirac fue de los pocos que se quedó y formó una nueva familia, convirtiéndose en el líder de la Villa.

    Dirac envejecía y se dio cuenta de que la inmortalidad se perdía con las generaciones, a menos que nacieras en la Villa de la Rosa. Por años trató de descubrir el secreto que los abuelos nunca revelaban. Dirac subió la montaña en busca de los abuelos y les exigió que le dieran el secreto de la inmortalidad para no morir, pero los abuelos se negaron. Dirac, por su parte, decidió que si moría, encomendaría a su descendencia la tarea de descubrir ese secreto, así tuvieran que robarlo. Se había unido en matrimonio con una joven de aproximadamente 100 años de edad que había nacido en la Villa, la segunda descendiente de los primeros pobladores. Dirac sabía que si engendraba un hijo con Minerva, su hijo tendría el privilegio de la inmortalidad en sus genes. Dirac dejó todas sus enseñanzas y también heredó su odio por los abuelos. Así fue como Moebius y Sirén crecieron sintiendo desprecio por los abuelos. El día que murió Dirac, se realizó el primer funeral por muerte natural en la historia de la Villa de la Rosa. Ese día, Moebius le dijo al abuelo que la muerte de su padre era su culpa y que jamás se lo perdonaría.

    Los pobladores más antiguos, los primeros que aún seguían allí, siempre estuvieron del lado de los abuelos. Ellos sabían que su estancia allí y todo lo que sabían se lo debían a las enseñanzas de aquellos seres que siempre estuvieron ahí. De cierto modo, esas tierras eran de ellos. Así que Moebius sabía que jamás podría arrancarles el secreto de la inmortalidad en cuanto no tuviera a la mayor parte del pueblo de su lado. Él y su hermana, junto con los pocos pobladores que estaban de su lado, eran minoría y no podían hacer frente a todo el resto del pueblo. Su plan fue esperar. La inmortalidad tiene esa ventaja, que te permite esperar con mucha paciencia el pasar del tiempo. Moebius convenció a su hermana de otra gran locura mantener su descendencia lo más pura posible. La madre, por supuesto, no estuvo de acuerdo, pero a Moebius no le importó en lo más mínimo. Y no conforme, obligó a su madre a engendrar un hijo con él, un primogénito con su propia madre. Minerva intentó quitarse la vida en muchas ocasiones, pero Moebius se lo impidió cuanto pudo. Minerva se quitó la vida tres meses después del nacimiento del hijo que tuvo con su propio primogénito. Sirén le dio a su hermano cuatro hijos más. La familia de Dirac vivió por años recluida en las afueras de la Villa. 
Pasaron los años y llegaron a ser olvidados, hasta el día en que Moebius hizo lo impensable. Sin piedad alguna, envenenó el agua del pueblo y esperó a que todos murieran. Para su sorpresa, muchos sobrevivieron, pero ya no importaba. Con sus hijos bastardos, atacó la Villa. Los pocos aldeanos de las primeras generaciones hicieron frente a la familia de Dirac junto al resto de pobladores que estaban con ellos. Todo parecía perdido para los primeros pobladores, pero no contaban con el gran guerrero que era el abuelo. Llamados los abuelos, pero no por su edad ni su aspecto físico, sino por su sabiduría, el abuelo era un sujeto enorme, con la fuerza de un toro. Sus piernas eran como robles y sus brazos siempre fuertes de tanto trabajar la tierra, un hombre fornido que al blandir la hoz con la que cortaba los tallos de trigo estremeció a más de uno. Los primeros pobladores lograron derrotar a Moebius, muchos murieron esa noche. Moebius sobrevivió, pero el abuelo le exigió irse de la Villa y no regresar jamás. Eso hizo junto con lo que quedó de su familia y un grupo de pobladores sobrevivientes.

    Por muchos años se escribieron historias sobre Moebius y Sirén, relatos que se perdieron cuando la ciudad fue destruida años después. El abuelo sabía que en algún momento ese grupo de mortales, que alguna vez sacó del pueblo, regresaría. Por ello, decidió contar la historia del pueblo y transmitir su sabiduría en charlas nocturnas. También escribió sobre los secretos de agricultura en el frío extremo y la nieve, así como algunos detalles codificados de sus orígenes, pero jamás reveló el secreto más importante de todos. No obstante, no era necesario, ya que los pobladores restantes no estaban interesados en ello. El abuelo también tomó a los más jóvenes de la aldea y les enseñó a pelear, a usar armas y a defender su aldea. Uno de esos guerreros era Isaac, quien aprendía con rapidez todas las enseñanzas del abuelo. Era muy leal y valiente, una valentía que sería puesta a prueba muy pronto.

    Una tarde de lluvia, cuando las aguas no estaban congeladas, en la lejanía se alcanzaba a ver un grupo de barcos acercándose. Mientras se acercaban, se escuchaba una multitud enardecida con antorchas y listos para desembarcar. El abuelo tomó a Isaac y le dijo

    —Vete de aquí, toma a tu familia y sálvate.
    —Pero ¿Por qué? Soy tu mejor guerrero, debo quedarme a defender la Villa —dijo Isaac.
    —Lo sé, pero eres quien sabe todos los secretos, eres el único que podría repoblar nuevamente la aldea si hoy acabaran con todos nosotros. Toma a tu esposa e hijo, lleva estos pergaminos contigo y vete. —Isaac tomó a su familia y se fue.

    Moebius descargó ese día toda la ira que cargaba de generaciones. Mató a todos en la aldea, incluso a los niños y animales. Se detuvo un momento para ver cómo toda la aldea se quemaba, y al mirar cómo el fuego consumía las miles de rosas de la Villa, comenzó a reír y a gritar:

    —¡Se los dije, se los advertí! —Moebius reía con demencia. Tomó al abuelo, que estaba muy mal herido, y lo golpeó para obligarlo a revelar el secreto. 
    —Vamos, habla, di lo que sabes, revela el secreto —gritaba Moebius, mientras sus hombres reían y lo arrastraban atado de los pies—. Tendrás que hablar, abuelo, no necesitas sufrir más.
    —Tú no sabes lo que he sufrido, puedo soportarlo —dijo el abuelo con la voz entrecortada pero con gallardía. Moebius lo desnudó por completo y lo colgó de un árbol atándolo del cuello.
    —Veamos hasta dónde llega tu inmortalidad —dijo de forma burlona Moebius. Sus hombres no paraban de reír.
    —Vaya, vaya, mira tú espalda, abuelo. ¿Qué te pasó? ¿Acaso te caíste de la montaña? —decía Moebius mientras observaba dos enormes cicatrices que el abuelo tenía en ambos lados de la espalda.
    —¡Carájo! ¿Qué clase de cicatrices son esas? —se escuchó decir a uno de los hombres de Moebius.
    —Te dejaré aquí para que te congeles. Espero que decidas hablar pronto, antes de que encuentre a tu mujer —dijo con firmeza Moebius mientras se retiraba del lugar.

Isaac había tenido la astucia de llevar consigo a la abuela, pero ella no quiso seguir sin su compañero.
    —Debo regresar —murmuró la abuela—. Regresaré por él.
    —Te matarán, debemos irnos —dijo Isaac.

La abuela hizo caso omiso, tomó una de las espadas que llevaba consigo Isaac y comenzó el regreso por el sinuoso camino de hielo.
    —Ve con ella, no debes dejarla sola —dijo la esposa de Isaac—. Para eso te entrenaron.

Isaac miró a su esposa e hijo, tomó de la mano a su esposa y le dijo:
    —Si regreso allá probablemente no nos volvamos a ver.
    —Lo sé, pero sabíamos que esto pasaría algún día. Tú eres el hombre que debe salvarnos. Isaac y yo estaremos bien, ve por tu maestro y la abuela —dijo Enith.

    La abuela, por su parte, esperó, mirando la conversación, desgarrada por dentro, recordando cuando el abuelo abandonó todo por ella, y la siguió hasta el final.
    —No quiero dejarte, quiero ver crecer a mi hijo —dijo Isaac mientras tomaba de la mano a su hijo.
    —Eres un guerrero, eres la esperanza para que podamos poblar de nuevo la Villa. Ese era nuestro hogar, debes hacerlo, el abuelo jamás te hubiera dejado —dijo Enith, al tiempo que la abuela interrumpía diciendo
    —No, no debes ir conmigo, es mi responsabilidad, yo iré por él.
    —No, yo también iré —dijo Isaac con lágrimas en los ojos—. Enséñale a mi hijo todo lo que somos, recuérdale todo lo que fuimos —le dijo a su mujer mientras se alejaba.
    —Lo haré, te veré en la eternidad, amado mío —dijo Enith.

    Cuando Isaac y la abuela llegaron a una de las colinas por las que habían subido al huir, los regresó a la realidad un olor a ceniza, pesado, frío. Desde la cima se veía la Villa, o mejor dicho, lo que quedaba de ella.
    —¡Oh por Dios! —dijo la abuela sorprendida mientras caía de rodillas.
Isaac colocó su mano en el hombro y le dijo —Debemos continuar.

    Bajaron con calma asegurándose de que nadie los viera. Al llegar a la Villa, Isaac alcanzó a ver al abuelo colgado de un árbol; no se movía. Se acercaron con cautela, desataron al abuelo y con cuidado lo bajaron. Seguía con vida.
    —Váyanse de aquí, ¡ahora! —le dijo Isaac a los dos.

    Moebius no era fácil de engañar; los descubrió. Corrieron al "desierto" de nieve entre tropiezos y desesperación. Isaac se quedó cubriendo sus espaldas.
    —Vaya, vaya, el héroe,  —dijo Moebius mientras de forma burlona aplaudía lenta y pausadamente. ¿Tú me dirás el secreto? Puedo dejarlos escapar si me lo dices ahora. Si no, te haré daño, mucho daño, y luego los alcanzaré. Mataré a la abuela primero, frente a los ojos de su hombre, y así estoy seguro de que hablará. —Moebius empuñaba con fuerza una espada y señalaba en dirección a donde huían los abuelos.
    —No podrás hacerlo, el abuelo en persona me entrenó, puedo vencerte —dijo Isaac al tiempo que tomaba su espada con ambas manos y se preparaba para pelear.

    Eran demasiados. Isaac pudo detenerlos por un momento, acabó con cuatro de ellos, incluso mató a uno de los hijos de Moebius, pero fue demasiado esfuerzo. Al enfrentarse a Moebius no resistió más que unos minutos. Durante el enfrentamiento Isaac perdió una de sus manos tras un embate de Moebius, Isaac estaba perdido, muy mal herido. Mientras los abuelos se alejaban, Moebius tomó a Isaac del cuello y gritó
    —¡No tiene caso que sigan huyendo, sé que me escuchan!

    El eco de las montañas aumentaba considerablemente la voz de Moebius, y a la lejanía, en la nieve, la abuela se detuvo de golpe al escuchar la voz. Era como si estuviera tan cerca que comenzó a temblar de miedo.
    —No temas, sigamos adelante, él se encuentra lejos —dijo el abuelo mientras con mucho trabajo caminaba sobre la nieve, apoyado en su mujer que lo llevaba casi cargando de un brazo que rodeaba sus hombros.
    —¡Ja!, otra vez huyendo ¿No es así, amor? —decía el abuelo mientras jadeaba por el trabajo que le costaba mantener el paso.
    —Y yo tengo que salvarte de nuevo, y curar tus heridas, de nuevo haciendo todo esto por mí —le contestó la abuela.
    —Eres mi ángel, te amo, es mi deb...
    —¿Estás bien?, responde —decía alterada la abuela. El abuelo había caído al suelo y no pudo terminar la frase.

De pronto, se escuchó un grito apagado a la lejanía. Moebius clavó una hoja afilada en un costado, en las costillas de Isaac.
    —Deténganse, y revelen el secreto, o su muerte no será rápida —gritó Moebius. La abuela se detuvo de golpe y se dispuso a regresar, el abuelo intentó detenerla, pero fue inútil. La abuela se dirigió a Moebius y desde la cima de una colina le gritó
    —¿Si te lo digo nos dejarás ir?
    —Pero claro —contestó Moebius.
    —Antes dime, ¿Dónde está tu hermana? ¿Dónde está Sirén? —preguntó la abuela.
    —Ya no está con nosotros, se opuso a regresar y tuve que arrojarla al mar. Había mucho peso en el barco, además, con el secreto ya no la necesitaré —contestó fríamente Moebius.
    —Te contagiaste de la misma enfermedad de tu padre. ¿Él te dijo qué pasó con su abuelo y su padre? ¿Te lo dijo? Los envenenó a todos. No quería que nadie más fuera inmortal más que él, pero estaba equivocado —dijo la abuela.
    Moebius interrumpió —Ya cállate estúpida, y dime lo que quiero saber, no me hagas perder el tiempo.
    —Es la nieve —contestó.
    —¿La nieve? ¿Esta estúpida nieve? —dijo Moebius mientras dejaba caer a Isaac.
    —Así es, la nieve que les pongo al nacer, y la cama de rosas —afirmó la abuela.
    —Jajajaja, excelente, me encanta la nieve —gritó Moebius.
    —Ahora déjanos ir —suplicó la abuela. —Pero ese no era el plan de Moebius.
    Lo siento —dijo—. No puedo dejarlos ir, ¡vayan por ellos! —ordenó a sus hombres. Pero Isaac, con una increíble fuerza, se puso de pie y combatió contra dos hombres que terminaron venciéndolo, aunque le dio tiempo a la abuela de tomar al abuelo y perderse en la niebla que se acababa de formar en el "desierto" de nieve.
    —Maldición —dijo Moebius.

Caminando con dificultad por la espesa nieve, la abuela caminaba junto a su amado que apenas podía mantenerse en pie.
    —Regresemos a casa —dijo la abuela al perderse en la niebla. Por la espesa niebla jamás supieron hacia dónde huyeron los abuelos.

A punto de morir, Isaac tuvo la fuerza de arrodillarse y erguirse. Mirando al suelo, dijo a Moebius:
    —¿No lo entiendes, verdad?
    —Vaya, aún sigues con vida, no entiendo ¿Qué? —contestó Moebius.
    —La nieve es el secreto, pero no lo es todo. Es la nieve cuando ella se las pone al nacer.
«Tú naciste aislado, la abuela no estuvo en tu nacimiento jajaja, no estuvo en tu nacimiento ni en el de tus hijos, idiota. Tú eres la cuarta generación de uno de los primeros del pueblo, no deberías vivir mucho, pero gracias a Minerva, tu madre, que fue segunda generación, es que has vivido tantos años. Sin embargo, inmortal no eres. Desde tu abuelo no lo son, porque no nacieron aquí, con la nieve y las rosas, jajaja» Isaac, por momentos tosía sangre y se quejaba de dolor.
    —Maldito seas, encontraré a tu familia y te verán en el infierno —dijo furioso Moebius mientras clavaba su acero en el cuello de Isaac para acabar con su vida.

    Moebius quedó destrozado por la noticia al darse cuenta de que Isaac tenía razón. Vivió muchos años, como se esperaba, pero eventualmente murió, al igual que sus hijos. Pasó su vida intentando llegar a la montaña del norte, donde, según los escritos antiguos que dejaron los abuelos, se sabía que era su verdadero hogar.
    Con el paso del tiempo, los pocos escritos que habían sobrevivido se fueron perdiendo en las brumas de la historia. Las narraciones sobre la supuesta inmortalidad de los habitantes originales de la Villa de la Rosa comenzaron a desvanecerse, hasta que un día, muchos años después y con la aldea repoblada por nuevos habitantes mortales, surgió un rumor intrigante. Se decía que un joven y su madre, quienes habían sido parte de los primeros pobladores, aún residían en las afueras de la Villa y guardaban secretos ancestrales sobre la montaña. Los aldeanos, intrigados, emprendieron la búsqueda de estos enigmáticos individuos, pero sus esfuerzos fueron en vano. Algunos especulaban que, en realidad, se habían integrado entre la nueva población, pero la verdad quedaba envuelta en el misterio.

    Años después, Isaac Segundo dejó de ser un joven y regresó a la Villa donde había vivido cuando era bebé, tras la muerte de su madre por neumonía. Se estableció en la Villa e hizo una nueva familia, pero sabía que eventualmente su familia moriría y él no. Así que se puso en marcha a buscar a los abuelos, ya que su madre le había contado que, al huir de la guerra, la abuela le dijo que cuando necesitaran algo, les cumplirían un deseo a quienes lograran llegar a la cima de la montaña, en nombre de los primeros pobladores de la Villa de la Rosa.

Isaac se convertiría en un historiador, contando cuentos sobre el pasado y deseando que la historia de la Villa viviera por mucho tiempo. Pero lo mezclaba con magia y misticismo para evitar que la gente creyera del todo las historias y se repitiera el pasado. La historia del deseo que cumplían los abuelos al subir la montaña, Isaac se la contó a sus hijos y a la gente del pueblo. Esta historia se convirtió en un mito que viajó por el mundo y cobró fuerza cuando Isaac, a sus ciento cuarenta años de edad, supuestamente logró llegar a la cima de la montaña. Fue la única vez que se vio brillar con mayor intensidad la estrella de la montaña, la primera pero no la última, porque hace unos cien años se vio brillar de nuevo.

    «Esto ocurrió antes de que la sequía llegara nuevamente al pueblo y los extranjeros, en busca de cumplir un deseo con los abuelos, agotaran los recursos y la fauna de la zona. Poco a poco, todo se fue acabando: el agua, la comida, nada que pescar en estas aguas congeladas, y nada que sembrar en esa tierra tan agotada y helada. Ya no se puede vivir ahí, es imposible. Las huellas de guerra que encontró son de hace cientos de años; el pueblo lleva abandonado mucho tiempo y la Villa de la Rosa ya no existe desde hace mucho»

    —Que increíble historia. ¿Cuál dijo que era su nombre?
    —Said
    —Yo no le dije el mío, soy Héctor. Oiga, pero, ¿la estrella sigue ahí?
    —Nadie sabe, tiene años que yo no la veo.
    —Y usted, ¿cómo sabe toda esa historia?
    —Ah, bueno, pues me la contó mi abuelo.
    —¿Su abuelo? Entonces su abuelo fue poblador de ahí. ¿Usted nació también ahí, verdad?
    —Demasiadas historias por hoy.
    —Es por eso que vive aquí solo en este faro, ¿no es cierto?
    —Debe descansar, olvide todo eso. Mañana debe regresar a casa con su familia.
    —No puedo irme, no puedo regresar con las manos vacías.
    —Pues tendrá que hacerlo, aquí ya no hay nada para usted.
    —Debo intentarlo, dejé a mi esposa por venir aquí.
    —¿Sabe? No terminé de contarle qué pasó con Isaac Segundo.
«Pues verá, se dice que Isaac llegó a la cima y le cumplieron su deseo. Lo que nadie sabe es ¿Qué deseo pidió? y ¿Por qué nunca regresó? Lo que se cree es que el costo por el deseo es muy alto. Mi abuela me contaba que al nacer, la abuela cantaba una canción de cuna que todas las madres aprendieron y le cantaban a sus hijos. Mi abuela hizo que la aprendiera de memoria antes de morir. Decía mi abuela que esa canción escondía el verdadero secreto de la inmortalidad»

Mira al cielo, cierra los ojos, aroma a tierra mojada, vida eterna, sol y viento en la cara, respira, respira, el aroma de la tranquilidad, confiesa, confiesa, que yo estoy aquí, sube conmigo, por el abismo, como es arriba es abajo, el cielo es tierra y la tierra es el cielo, los que temen caerán, los valientes seguirán. El amor es la clave, aunque nazcas sin alas, el amor llegará, y aunque te corten las alas, un ángel siempre serás.

Recomendación de lectura

Los cuentos pueden leerse en cualquier orden, hay algunos que están conectados y leerlos en orden facilitan entender la historia. La serie Nayat es como sigue: Nayat - Los ancianos de la montaña - La villa de la rosa - Como un deseo en el tiempo - Col