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De regreso a casa

Estoy cansada de todo esto. No era lo que quería para mi vida; tener que llevar esta carga me desgasta día con día. Tal vez no debí irme nunca.

Una carta sobre la mesa.

Tenías 3 años cuando tu madre murió. Nunca te hablé mucho de ella, debido a que no la conocí bien; sinceramente, era una desconocida para mí. Sólo fue un amor pasajero, y llegaste tú un año después. He decidido contarte esto porque ya no puedo más con esta carga, ya no quiero estar aquí. Cambiaste todo y decido irme.


Once de la noche, un avión con vuelo a Londres…

Me voy y te dejo ahí, con tus demonios, con los que has vivido toda tu vida, incluso antes de que yo llegara. Adiós.


    A mi lado, un sujeto toma mi mano y acaricia mis nudillos. Cada cierto tiempo me mira y no despega la mirada hasta que lo volteo a ver. En cuanto lo hago, me dice con una dulce voz: Te amo. Yo no contesto nada de inmediato, volteo a ver por la ventanilla del avión y resisto las ganas de llorar. Una sola estrella palpitante, todo está oscuro. La Luna está del otro lado, no hay nada que ver, pero prefiero eso a verlo a él. Hay momentos en los que quisiera decir la verdad, pero una parte de mí sabe que perdería la oportunidad de comenzar a ser libre. «No te amo, no te quiero cerca, me eres indiferente. Hay días en los que ni siquiera recuerdo tu nombre, pero te necesito para salir de aquí». Eso y más pasa por mi cabeza. Respiro profundo, regreso la mirada y respondo mirándolo a los ojos con seguridad: Yo también te amo.
    Si yo pudiera volar, me iría en la oscuridad. Volaría hasta encontrar un lugar donde pueda estar a salvo, en las alturas, en una montaña o en un edificio muy alto. Cerraría los ojos y gritaría con toda mi fuerza, después llorar por horas, hasta que mi corazón descanse y mis ojos se agoten. Volaría de nuevo a buscarte, bajaría frente a ti y me arrojaría a tus brazos. Te diría con sinceridad que me perdones por todo, que te mentí cuando te dije que te amaba, que todo lo hice para huir, y es que tú jamás me llevarías lejos. Por eso elegí a Dan.

De pronto un breve recuerdo de la niñes:

—¿Brenda, quieres salir a jugar?
—Señor, ¿deja salir a Brenda a jugar con nosotros?
—¿Puedo, papá? ¿Puedo salir con Arturo y sus amigos?  
—Haz lo que quieras, yo saldré. Cierra bien la casa.  
—Gracias, papá.  
—No me agradezcas, ya suéltame que debo irme.  
—Brenda, en 10 años, cuando ya sea grande, trabajaré duro y te llevaré conmigo. Viviremos en la ciudad, donde por las noches todo estará iluminado con miles de colores. Te llevaré a Nueva York, mi primo dice que ahí las noches son geniales.  
—Arturo, yo iré a donde tú me lleves, estaremos juntos por siempre.
—¿Segura que querrás estar conmigo por siempre?
—Sólo hasta que la última estrella deje de brillar
 
Unos días antes:

—Brenda, ¿por qué? ¿Por qué te vas? No lo hagas, por favor, te lo ruego… no te vayas.  
—Entiende, no te amo. Es mejor así, verás que con el tiempo te olvidarás de mí. Arturo, esto que sientes es pasajero.

De regreso en el avión:

—¿Gusta algo de tomar? —pregunta la azafata.
—Amor, ¿quieres algo? —me pregunta Dan.
—Sí, un refresco está bien —le respondo sin dejar de mirar por la ventanilla del avión.
—¿Cuál quieres? —pregunta de nuevo Dan.
—No sé, el que sea —le respondo sin voltear.
—¡Oye! Aunque sea voltea a ver cuál quieres, llevas viendo por la ventana todo el vuelo —me dice Dan de forma insistente, y al ver que sigo sin voltear, le dice a la azafata—: Disculpe, señorita, mi novia no se siente bien. Deme este refresco para ella y una Coca-Cola para mí, por favor.
—Toma —extiende su mano con el refresco—. Brenda, te hablo, toma tu refresco.
—Ah, sí, gracias —volteo sorprendida—.
—El refresco de limón refresca el paladar, el cuerpo y el alma —lo escucho decir.
—¿Qué dijiste?... Dan, te estoy preguntando, ¿qué dijiste? —le pregunto de manera insistente.
—Nada, sólo que tomaras tu refresco, es de limón. ¿Estás bien? —me responde preocupado.
—Sí, sí, perdona, creí haberte escuchado decir algo, pero sólo fue un recuerdo.

Un recuerdo más:

—Brenda, te compré un refresco. Toma, es de limón. ¿Tú sabes por qué el refresco de limón es el mejor de todos?  
—No, no lo sé. ¿Por qué es el mejor de todos? Arturo, dime, ¿por qué es el mejor de todos?  
—Porque el refresco de limón refresca el paladar, el cuerpo y el alma.

    Sin duda, este estúpido refresco refresca el alma. Jamás me gustó, pero en días como estos me hacía mucha falta. Me hace recordar a Arturo. Tal vez no debí dejarlo, pero él jamás saldría de ahí. Él no es un chico de la ciudad, jamás me llevaría a Nueva York como lo prometió siendo niños. ¿Qué carajos estoy haciendo aquí? Con un sujeto al que apenas conozco, es más fácil que él me ayude a salir de aquí que enfrentar al alcohólico de mi padre, que no tardaba en huir, y a un chico de un poblado que no conoce más que arrear ganado. ¿Qué clase de vida me esperaba con ellos dos? Estoy mejor así. En cuanto llegue a Londres, me iré y jamás volveré a ver a este sujeto al que le suda la mano y no deja de acariciar la mía.

    «Me voy y te dejo ahí, con tus demonios, con los que has vivido toda tu vida, incluso antes de que yo llegara. Adiós». Esto fue lo que le escribí a mi padre en la parte posterior de su estúpida carta. El imbécil no se dio cuenta cuando la tiró por estar ebrio, pero qué bueno que la leí, era lo que necesitaba para largarme de ahí. Le dejé su carta en su repisa donde tiene sus botellas de alcohol, ahí seguro la verá.

Inmediatamente bajando del avión:

—¿Qué es esto?  le pregunto a Dan al darme una carta. "Hasta que la última estrella deje de brillar"
—Tu amigo me pidió que te la diera en cuanto bajáramos del avión. —respondió.
—¿Arturo? ¿Él te dio esto?  —le pregunté sorprendida.
—Así es… ¿Todo está bien? ¿Dice algo malo?  
—Creo que sí, esto lo cambia todo.  —respondo pero aún con dudas en mi cabeza—. Perdóname, pero debo regresar. Olvidé algo importante. 
—¿Regresar a dónde? 
—A casa.

    Dan debe amarme de verdad. Sin preguntar, me ayudó a llevar mis maletas en el avión de regreso. Hace frío, me espera un largo viaje de otras 8 horas de regreso. Dan me dio su abrigo. Meto mis manos en las bolsas y encuentro una nota dirigida a Dan, remitente: Arturo.

Estimado señor:
Me permito decirle señor a pesar de su juventud, debido a que me enseñaron mis padres que para hablar con respeto a un hombre, se le debe llamar así, y sin duda, usted ha demostrado ser un verdadero hombre y un caballero. Le agradezco comportarse a la altura, a pesar de mi comportamiento en aquella ocasión. Es sólo que el amor que siento por Brenda me hizo perder el juicio. Me tomé la libertad de escribirle esta nota, no para disculparme por lo antes sucedido, en realidad le escribo esto para decirle primeramente algo que ya debe saber, y si no se lo contó Brenda, debió darse cuenta usted mismo. Estoy enamorado de ella. Desde el primer día que la vi, desde aquel momento en una tarde de noviembre cuando, con tan sólo 5 años de edad, bajó de un automóvil con su padre tomada de la mano, yo la miré por la ventana, salí corriendo y le regalé una extraña y marchita flor que encontré esa tarde en mi jardín.
Debe saber que Brenda es una mujer especial. De niña, sufrió mucho la ausencia de su madre y la enfermedad de su padre. Ella se refugió en nuestra amistad. Crecimos juntos. Por las tardes mirábamos las estrellas recostados en el campo, contábamos los parpadeos de aquellas estrellas que lo permitían, y yo le decía que sólo dejaría de amarla cuando una de esas estrellas dejara de parpadear. ¿Sabe? Soy un sujeto que no tiene los mismos sueños que Brenda. Ella deseaba irse lejos, y yo le decía que yo también, que nos iríamos juntos, pero mentía, porque yo no tengo el valor que ella tiene. Yo vivo bien aquí, no sé otra cosa que una vida de campo. Y llegó el día en que Brenda se dio cuenta y te conoció a ti. Eres la clase de tipo con quien debe estar una chica como ella. Cuídala, por favor. Yo, mientras tanto, esperaré esta y un par de noches más en el aeropuerto, por si por alguna razón ella decide volver. Entréguele la nota anexa a esta, por favor. Sea respetuoso y no la lea. De cualquier manera, no entendería.
Atte: Arturo

    Estoy sorprendida y algo molesta. ¿Cómo se atrevió a escribirle a Dan? ¿Qué le habrá escrito? Esto es una locura.
 ¿Por qué estoy regresando? No es por mi padre, y no sé si lo hago por Arturo o tal vez sí. No lo sé. Es sólo que siento que olvidé algo importante. Meto la mano en el bolsillo opuesto del abrigo y, una nota más:

«Revisa el bolsillo interior de mi abrigo. Ahí encontrarás respuestas. Dan.»

    Carajo, lo hizo a propósito. Dejó la carta que le escribió Arturo aquí para que yo la encontrara.

Un recuerdo más de nuestra juventud:

—No te preocupes Brenda, regresaré. Sólo son tres días. Debo ir a visitar a mis abuelos.  
—No, llévame contigo.  
—Sabes que no es posible. Tu padre no lo permitirá, y no será bien visto por mis padres y abuelos. Serán tres días solamente, regresaré pronto.  
—Entonces, mientras tanto, yo esperaré esta y un par de noches más en el aeropuerto, por si por alguna razón decides volver antes.

Llegando de regreso a casa:

—Brenda, ¡Brenda! Aquí, aquí estoy
—¿Arturo, esperaste por mí todo este tiempo en el aeropuerto? ¿Cómo sabías que regresaría?  
—Porque que ninguna estrella ha dejado de brilla todavía.
—La vi en el cielo, por la ventana del avión me siguió todo el camino. Sabía que eras tú. Te amo a ti, no debí huir, y si mi padre quiere hacerlo, que lo haga. Yo me quedaré aquí contigo. 
—Pero yo no podré cumplir todos tus sueños. Tal vez nunca salgamos de aquí. No conozco más que esto. 
—Yo no necesito más que conocer. Este es mi hogar, y si algún día estás listo, lo haremos juntos. 
—Lo haremos. Te prometo que lo haremos. Te amo. 
—Yo también te amo.

    Mi padre se fue la misma noche que yo. No dejó nada. Puso la carta sobre un florero en la mesa de centro. No se ven huellas de que haya leído lo que yo le escribí, ni siquiera notó mi ausencia ni que me fui. Qué bueno que se largó.
    Hay decisiones que no deben pensarse mucho después de tomarlas. ¿Qué si estoy bien aquí? No lo sé, pero seguro estaré mejor aquí que con un desconocido al cual le mentí para que me sacara de aquí, y él no merecía eso. Todo va mejor ahora. ¿Hasta cuándo? No lo sé, miro al cielo y pienso, «tal vez hasta que una de esas estrellas deje de brillar.»

Alonso García

Recomendación de lectura

Los cuentos pueden leerse en cualquier orden, hay algunos que están conectados y leerlos en orden facilitan entender la historia. La serie Nayat es como sigue: Nayat - Los ancianos de la montaña - La villa de la rosa - Como un deseo en el tiempo - Col