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Canto de sirenas

Mi madre me contó una historia sobre una princesa que besaba a un sapo y este se convertía en un príncipe. Y vivieron felices para siempre.
Cuando cumplí cinco años, mi padre organizó una fiesta. Todo el reino fue invitado y todos trajeron regalos. Mi padre ofreció mi mano en matrimonio a un príncipe de otro reino, él tenía 16 años más que yo. La idea era fortalecer el reino con un fuerte aliado, y mi matrimonio cumpliría con ese objetivo. Mi madre estaba feliz, la paz llegaría a Atélia, nuestro reino, después de largos años de guerras interminables que habían costado miles de vidas. No tenía muchas opciones, así que acepté la decisión de mi padre para concretar esta unión de los dos reinos, aunque por mi edad, mi madre pidió que me desposaran hasta que cumpliera 20 años.
    Cada noche, mi madre me leía un cuento. Cuentos de princesas que encontraban el verdadero amor y otras que luchaban por él. Crecí pensando que todo eso podría ser real. ¿Y quién no quisiera creer que eso es posible? Mi cuento se haría realidad a mis veinte años, cuando contrajera nupcias con un príncipe, el príncipe de mis sueños, o por lo menos eso me hicieron creer, porque la última vez que lo vi era muy niña como para recordarlo. Cuando cumplí quince años, recibí una carta de Páris, el príncipe de Fallen.

Hola desconocida… Soy Páris, tu prometido… Extraño ¿no? Me tomé la libertad de escribirte porque creo que es importante que conozcas un poco sobre mí. No lo hice antes porque esperé a que tuvieras una edad adecuada. Envié esta carta esperand que llegue justo el día de tu cumpleaños, si es así ¡Feliz cumpleaños! Me encantaría que nos permitieran vernos y mostrarte el reino de Fallen… Es hermoso por las mañanas, cada día salgo a platicar con la gente del pueblo, aprendo todo lo que hacen para el Rey, mi padre, y ellos me muestran sus cosechas, el ganado y su artesanía. Me tomé la libertad de cortar unas flores y enviártelas, sé que los doce días que tarda mi mensajero en llegar causará que las flores se marchiten un poco, pero el hermoso aroma seguirá ahí. ¿Sabes? Así imagino que debe oler tu cabello, a flores, a rosas en primavera, como el rocío en la mañana. Debo despedirme por ahora, en unos días te escribiré de nuevo. Te mando un abrazo, espero puedas recibirlo con gusto. 

Atte. Páris de Fallen


    ¿Sorprendida yo? Por supuesto que sí. Mi prometido, al que no conocía, me había escrito una carta. Nos prohibían vernos, pero sí podíamos conocernos un poco más, aunque claro, debíamos ser discretos, porque no sabíamos qué podrían decir nuestros padres al respecto. Esperé con ansias la siguiente carta y, justo un mes después, llegó otra carta.

Ayer, mientras observaba la luna, pensé en ti. Imaginaba cómo son tus ojos y creo que deben ser como la luna: brillantes, grandes e hipnotizantes. Seguro no podría dejar de mirarlos. Pienso que con ojos como la luna y con un cabello con olor a rosas podrías enamorar a cualquiera. Qué afortunado soy de saber que serás mi esposa. Hoy por la mañana, mientras cabalgaba, vi a dos personas a las orillas de un río: un hombre y una mujer. Ella dulcemente lavaba el cabello de su amado; en él pude ver el amor y la quietud que le provocaba tener a una mujer como ella, a la que amaba, cuidándolo como si fuera un niño. Me gustaría eso para mí, que mi esposa me cuidara como a un niño pequeño… Ya llegará nuestro momento. Hasta pronto.
Atte. Páris de Fallen


    ¿Será que aún no entendía la importancia de esto? ¿Por qué alguien que no me conoce escribiría sobre mí? Sobre mis ojos o el olor de mi cabello. No nos conocemos, en realidad no sabe nada sobre mí. ¿Cómo podría creer en lo que me dice? Son palabras que jamás le he escuchado pronunciar, simplemente están plasmadas en un papel. No podría estar segura de que él sea quien me escribe realmente. 
    Pero así, por nueve meses más, cada treinta días ya esperaba con ansias la carta prometida. Esperaba por las mañanas junto a la ventana y cuando escuchaba el galopar de un caballo, sabía que era la carta de Páris. Aprendí a reconocer la marcha del caballo que traía el mensaje para mí.

Hoy amanecí con un dolor de cabeza muy fuerte. El médico familiar dice que se debe al calor y los cambios de temperatura, ya que ha estado lloviendo mucho en estos días. Me recetó unos tés y ya me siento un poco mejor, siempre y cuando no salga de mi habitación por un par de días. La luz me lastima los ojos y el dolor se intensifica. Pero pensar en ti me hace sentir mejor. Ayer pensé mucho en ti. ¿Sabes? Me contaron de un lugar a las afueras de Filmora. ¿Has ido a Filmora? Yo fui de niño, es hermoso. Es una cordillera, está a ocho días de Fallen, ahí está el mar. Me encanta el mar. ¿Y a ti? ¿Te gusta el mar? Yo te llevaré ahí, para recostarnos en la playa, caminar por la arena y nadar en el mar. Mi padre me decía que, en ese lugar, por las noches, se escuchaban cantos de sirenas. Yo nunca he escuchado a ninguna, pero pronto lo haré. Mi corazón me dice que tu voz es como la de una sirena: amena, tranquilizante y en constante armonía. Si cierro mis ojos, puedo oírte cantar. Te imagino cantando junto a las aves, que te acompañan en una canción hecha de silbidos y el ruido que hacen las hojas con el viento. Te veo cantándole al amanecer y bailando con el viento… Eres hermosa. Amada mía, debo despedirme. No dejes de cantar, que yo puedo escucharte en mi corazón.
Atte. Páris


    ¿Es posible enamorarse de alguien que no conoces? Seguramente sí, porque yo lo estaba haciendo. Cada día pensaba en él y dibujaba en mi mente su rostro, que jamás había visto. Lo único que tenía era la burda descripción que me hizo uno de los mensajeros cuando le pregunté cómo era Páris. Tuvieron que pasar cinco meses para que yo le respondiera una carta, y es que no sabía qué decirle. Mi carta fue corta y directa. Simplemente le dije que ya no podía esperar para estar con él.
    Al cumplirse la fecha de siempre, escuché a lo lejos el galopar de un caballo. Bajé corriendo a recibir mi carta, me fui de inmediato a mi habitación y, con toda felicidad, la abrí apresurada. Mi sorpresa fue que esta vez solo había una pequeña frase y su firma. Pero, ¿qué había pasado con las cosas hermosas que me escribía? Al leerlo, lo entendí todo.

Estoy enamorado de ti, aunque jamás he visto tu rostro.
Atte. Páris


    Yo también lo estaba. Estaba enamorada de alguien a quien no conocía, de alguien que solo me escribía cada veinte o treinta días, y que sería mi esposo sin que yo lo hubiera elegido. Pero ahora no tenía duda, quería estar con él, por siempre.

    Pasaron tres años y la misma rutina. Yo le escribía muy poco, porque jamás fui buena para eso, pero él, como siempre, a los treinta días me enviaba una nueva carta, con poesía, y recordándome que cada vez faltaba menos para conocernos. Sin querer, sus cartas me habían convertido en alguien diferente. Ya no era una niña, tenía dieciocho años y estaba enamorada, enamorada de un príncipe, como el de los cuentos: guapo, caballeroso e inteligente. Sabía con certeza que era muy apuesto.        En mi cumpleaños dieciocho, me envió no solo una carta, sino también un retrato de él. De piel blanca, con ojos grandes, una frente amplia y barbilla cuadrada, su cabello estaba meticulosamente recortado, manos grandes, piernas largas y fuertes, de espalda ancha, esbelto, fuerte, alto e imponente se miraba montado en su caballo, un caballo del color de la arena, hermoso. Justo como lo imaginaba, él me protegería, él estaría conmigo como lo prometía en sus cartas.

Mi princesa, esta vez te envío un regalo. Debes guardarlo, nadie debe saber que te lo envié, está prohibido. Sabes que ni siquiera tenemos permitido escribirnos, así que guarda ese retrato que te envié en un lugar seguro. Es que no pude evitar mostrarte cómo soy. No soy perfecto, ni guapo tal vez, pero espero puedas ver en mis ojos la sinceridad con la que te digo que te amo. Es posible que la pintura no sea lo suficientemente buena. Busqué al mejor artista del reino, pero a lo mejor ni él puede lograr expresar en una pintura mi sentir, mi amor, ni estas emociones que siento, así que solo quedan mis palabras, esperando que al leerlas creas en ellas.
Sueño contigo, pienso todo el tiempo en ti, me haces falta y nunca has estado a mi lado. Extraño los besos que jamás nos hemos dado. Si quiero mirar tus ojos, espero la noche para mirar la Luna. Si quiero oler tu cabello, espero la mañana para ole las rosas del campo. Si quiero escuchar tu voz, voy a Filmra a escucha a las sirenas cantar. Si quiero sentirte, abr mis brazos y al sentir la brisa y el viento rodearme me imagino tu cuerpo y siento tu piel. Amor mío, ya quiero estar contigo, ya no puedo esperar más, estoy a nada de ir a buscarte y llevarte conmigo a conocer el mar. Te amo.
Atte. Tu amado Páris


    Después de un tiempo, cada vez que leía una carta de Páris, no podía evitar llorar. Lo extrañaba tanto, aunque era raro extrañar a alguien con quien nunca había estado. Nunca había amado a nadie, pero estaba segura de que a él lo amaba; mi corazón me lo decía. El tiempo pasaba lento; aún faltaba un año y medio para que pudiéramos estar juntos.

    Cuarenta y ocho días sin recibir una carta de Páris, algo que nunca había sucedido en los tres años de correspondencia. En algunas ocasiones hubo retrasos, pero nunca pasaron de un par de semanas. Setenta días después, finalmente escuché el cabalgar del tan esperado corcel.

Amada mía:
Debes perdonar la ausencia de mis cartas, pero es que desde hace meses no he estado muy bien. Mis dolores de cabeza son más frecuentes e intensos, y esta última vez no pude levantarme de la cama, así que no podía escribirte. Ahora estoy un poco mejor; por eso pude mandarte esta carta. No debes preocuparte, estaré bien, es algo pasajero. El médico dice que se debe a la temperatura y al estrés. Sí, eso debe ser: estrés de no poder estar contigo, y es que cada día te extraño más. El poco más de un año que falta se me hace eterno.
Por cierto, te tengo una sorpresa: mi padre compró tierras en Filmora y estamos construyendo en la cordillera. Ahí viviremos tú y yo. Mi padre se niega, dice que debemos vivir en el palacio, pero bueno, esa será nuestra casa de descanso. Ahí podremos estar junto al mar, escuchando los cantos de las sirenas. No olvides que te amo.
Atte. Tu amado, Páris


    A nueve meses de que mi sueño se hiciera realidad, recibí la última carta de Páris, así que tomé una decisión. En los cuentos que me leía mi madre cuando era niña decían que se luchaba por el amor, y eso hice yo.

Amor:
Estoy muriendo. Te escribo esta carta con mucha dificultad. Mis ojos ya no ven, los dolores de cabeza son insoportables, mis manos tiemblan, sangro por la nariz, no puedo mantenerme en pie y mi corazón te extraña. Ese es mi dolor más grande: el que perderé a la mujer que nunca tuve, al amor de mi vida, a mi princesa, a la mujer de voz de sirena y ojos de luna. Ya no puedo salir a sentir tu cuerpo con el viento, ni escuchar tu voz con las sirenas. Ahora sólo me queda mirar tus ojos por las noches. De vez en cuando me traen rosas recién cortadas para así poder oler tu cabello. Perdóname por no ser más fuerte e irme antes de tiempo. Pero te prometo que te esperaré en el cielo y te buscaré para amarnos eternamente.
Atte. Páris, quien te amará por siempre. 

    
    Sin importar las ideas de mi padre y el temor de mi madre, cabalgué por muchos días hasta el reino de Fallen. Jamás había salido de Atélia, pero después de varios días llegué a Fallen. En las puertas del reino pedí que me dejaran ver al príncipe. Cuando me presenté como la prometida de Páris, ni el rey mismo pudo evitar que entrara a verlo. Le mostré a la reina las cartas que Páris me había hecho llegar por años y ahí lo entendieron todo. Al entrar en su habitación, él se encontraba dormido, sudando y ardiendo en fiebre. Acaricié delicadamente su rostro y busqué debajo de esa palidez al hombre fuerte a caballo con la barbilla cuadrada. No pude evitar comenzar a llorar; sentí una pena tan grande que tuve miedo, miedo de verdad, como nunca antes, de perder al hombre que amaba. Era la primera vez que lo veía, la primera vez que sentía su piel, pero en mi corazón había estado desde hacía años. Era como si toda una vida a su lado se me acabara de repente.
Tomé sus cosas y pedí una carreta para que nos llevara a Filmora, a la cordillera.           Nos escoltaron los guardias reales y su madre decidió acompañarnos. Ella, al leer las cartas, entendía lo importante que era ese lugar. A los dos días de viaje, Páris empeoraba; aún no despertaba del todo. Yo tomaba su mano con fuerza y hablaba con él. La tarde del tercer día, justo en la puesta del sol, abrió los ojos. Con sus pocas fuerzas acarició mi rostro y dijo Eres como imaginaba, hermosa. Cuando entraste por la puerta, sabía que eras tú, porque tu cabello huele a rosas en primavera y tu voz es como la de las sirenas. Es a donde iremos, ¿verdad? Con las sirenas, al mar.
Así es ―respondí, prometiste mostrarme el mar y recostarnos en la arena. Por eso estoy aquí―.

    Páris murió al cuarto día del viaje. Convencí a su padre de que enterraran su cuerpo en la cordillera. Aquí llevo veintiún años, en el mar, haciéndome compañía con los cantos de las sirenas, esperando a que el tiempo me reúna con mi príncipe. Y esperaré el tiempo que sea necesario para que mi historia se convierta en un cuento como los que me leía mi madre cuando era niña, y así podrán concluir diciendo, "y vivieron felices para siempre".

Alonso García

Recomendación de lectura

Los cuentos pueden leerse en cualquier orden, hay algunos que están conectados y leerlos en orden facilitan entender la historia. La serie Nayat es como sigue: Nayat - Los ancianos de la montaña - La villa de la rosa - Como un deseo en el tiempo - Col