Tú no lo recuerdas, pero nosotros nos conocimos hace ya mucho tiempo. Tú eras un hermoso ángel y yo un espíritu que vagaba en la oscuridad. Una tarde nos encontramos de frente, intercambiamos miradas y sonreíste. No recuerdo a detalle ese día, pero lo he soñado tantas veces que ya es parte de mi memoria. Ni en el cielo había visto una sonrisa como la tuya ni unos ojos tan hermosos; desde ese día no pude dejar de pensar en ti. Mi soledad era mi compañera, tenía mucho tiempo para pensar en ti; por primera vez, agradecía mi inmortalidad. Cada día dibujaba en los troncos de los árboles y en la tierra suelta tu rostro, porque temía olvidarte. Un viejo papel robado me acompañó por siempre, porque ahí pude dibujar para la eternidad lo que veía a diario en mi mente: tu rostro de ángel.
Pasaron muchos años y mi ángel no apareció de nuevo. Tu ausencia me debilitaba, me mataba lentamente. Ese día que te vi, te llevaste una parte de mí. Busqué por todos los cielos, en el firmamento, visité el infinito, mostraba mi dibujo y preguntaba por ti, pero eras desconocida, nunca te vi de nuevo. Un día sucedió lo que todos los ángeles han esperado por siempre: Dios me dio la oportunidad de ser mortal, de tener una vida. Mi espera eterna tuvo sentido; era algo que deseé por mucho tiempo. Sólo a algunos ángeles se les concedía la oportunidad, pero un espíritu como yo debía esperar por siempre. Sin duda, Dios vio algo en mí. Sin embargo, ya no era tan fácil tomar esta decisión, porque este privilegio llevaba consigo el tener que olvidarte, aún así decidí aceptar, porque nunca nadie me perdonaría el rechazar esa oportunidad. Dios levantó su brazo y colocó su mano en mi cabeza; en ese momento sólo podía pensar en ti, necesitaba verte por última vez antes de que mi memoria fuera borrada. Miré al horizonte, te busqué con la esperanza de verte una última vez, pensé que tal vez aparecieras milagrosamente, pero no fue así.
Nunca recordé lo que antes fui. En ocasiones tenía sueños en los que volaba por el cielo y vivía sobre las nubes. Toda mi vida tuve un vacío en mi corazón, a diario vivía con una extraña sensación de que había olvidado algo; no era feliz. “La respuesta está en el viento”, afirma Bob Dylan, y yo seguía sin encontrar respuesta. Tal vez Dios debía murmurármelo al oído, pero yo no conocía a Dios, necesitaba respuestas. Ya en la madurez de mi vida todo fue distinto; me había acostumbrado a mi soledad, ahora sabía vivir así. Cierto día comenzó a llover y salí a caminar; siempre me ha gustado la lluvia, porque viene del cielo, y cada vez que la siento caer en mi cuerpo es como si entrara en armonía con la naturaleza. Caminaba y miraba hacia el cielo; la lluvia golpeaba mi rostro y las gotas de agua me cosquilleaban al escurrir y bajar por mi cuello. Hacía frío, pero no lo suficiente para encoger mis hombros y cubrirme; sólo seguía caminando y extendía mis brazos para que la lluvia cubriera mi cuerpo. Dejó de llover y sólo quedaba el rocío de las flores y ese particular olor a tierra mojada que tanto me gusta. Me senté frente a un árbol y recargué mi espalda en él, mientras observaba las últimas gotas de lluvia caer. A lo lejos, balanceándose como una hoja de árbol, algo caía del cielo y bailaba con el viento; era una hoja de papel, cayó a unos pasos de mí. Con la humedad del suelo, la hoja se había arruinado un poco; al levantarla, vi que era el dibujo del rostro de una mujer, con unos hermosos ojos y una sonrisa como jamás había visto una.
Años después, mi vida tenía una rutina. Nunca se fue esa sensación de olvido que llevaba conmigo, pero había aprendido a vivir con ella. Era de mañana, el sol se encontraba al oriente, los rayos del sol iluminaban el día intensamente. Caminaba por la sombra mirando los árboles; me dirigía a mi trabajo. Me detuvieron para presentarme con alguien que requería de mi ayuda; fue ahí, estaba frente a mí, la misma sonrisa de aquel dibujo que había guardado por años y llevaba conmigo a diario. En ese momento, aquel sentir de que había olvidado algo se esfumó; los mismos hermosos ojos de mi dibujo me miraban, eras tú, te había encontrado y ahora lo recordaba todo. Fue en un parpadeo; el tiempo se detuvo y todo alrededor se alejaba. Me encontraba de pie en el cielo, con hermosos seres alados y todo vino a mí. Al escuchar tu voz, viajé a aquel momento en que te vi por primera vez; me elevé tan alto que me perdí por unos segundos. Ese día el cielo tenía un azul diferente; las aves cantaban, las nubes viajaban a gran velocidad y por momentos cubrían los rayos del sol. Era un ir y venir de rayos de luz, todo alrededor desapareció y sólo estábamos tú y yo de frente en la ciudad más maravillosa del mundo, esa ciudad de la que tanto te he contado: Tar. Ahí de pie, tú y yo estábamos cubiertos de una luz que atravesaba las nubes; era como si Dios nos señalara. Recuerdos de mis sueños nublaron mi mente y aquella tristeza que no me dejaba dormir desapareció. Con mi corazón en la mano me prometí que esta vez te seguiría a donde fueras; ya no te dejaría ir.
Aún te sueño a pesar de que estás a mi lado. Tú no lo sabías hasta ahora, pero Dios nos permite navegar en nuestros antiguos recuerdos cuando soñamos. Si en ocasiones, al despertar, no recuerdas tus sueños, es porque Dios no quiere que recuerdes el ángel que alguna vez fuiste. Yo, a diferencia tuya, no sueño, porque ya lo hice mucho tiempo, y soñar me recuerda a cuando tú no estabas a mi lado. Alguna vez sueño, sí, pero es sólo para agradecerle al Gran Arquitecto del Universo por también enviarte aquí y permitirme encontrarte. Te enviaron muchos años después de mí, pero fue para que cuando llegaras yo haya tenido todo preparado para ti, para darme tiempo de cometer errores y aprender a amar y así ser contigo lo que mereces. Sin importar los cuerpos que tengamos ahora, podremos amarnos, sentirnos y ser uno, porque nosotros fuimos eternos. Aún llevo conmigo aquel viejo dibujo que cayó del cielo y que dibujé una vez para no olvidar tu rostro. Ahora ya no lo necesito, pero de esa forma te llevo conmigo todo el tiempo. No sé qué sea de nosotros después de hoy, pero antes de la vida debimos estar juntos y ahora tal vez debamos intentarlo, y si no fuera posible, cuando regresemos a donde pertenecemos te buscaré de nuevo hasta hallarte, para estar juntos en la eternidad.
Creo en el amor a primera vista. Una vez lo dejé ir, no supe su nombre, no te lo pregunté. Esta segunda vez me aferro a mis sentimientos, a estar contigo; te beso y el tiempo se detiene, el sol brilla más cuando estás conmigo. Quédate conmigo y sé en vida el ángel de mis sueños.
Alonso García